Becca

Becca

La habitación estaba envuelta en un silencio sepulcral, solamente interrumpido por leves gorjeos que llegaban a través de la ventana. En el suelo, una mancha de color rojo sangre parecía besarse con una fina copa de vino que descansaba sobre la alfombra. La soledad de aquella copa se interrumpía al llegar a un par de uñas bien cuidadas, unidas a dedos esbeltos, a una mano que iba recuperando la posición horizontal al llegar al codo y cuyo hombro pertenecía a aquella que dormitaba sobre las sábanas de algodón blanco que no hacía tanto habían ardido durante toda la noche.
Con la lentitud de quien se sabe eternamente esperado, el sol fue inundando de luz y vida aquella habitación sombría aunque cálida. Como el aceite cuando se derrama sobre la piel, los rayos solares se deslizaban descubriendo muebles y prendas tiradas por toda la habitación, para finalmente rescatar de las tinieblas la silueta de la que pasaría aquel día con una de las peores resacas que recordaría jamás. La luminosidad hizo que separase los párpados con torpeza y tras varios intentos, consiguió enfocar el enorme reloj hecho con cristales reciclados que vestía buena parte de la pared del cabecero. Aquel reloj había sido un regalo de su madre, la verdadera artista de la familia, y Becca pensó que llevárselo con ella a Irlanda sería una forma de mantenerla siempre cerca, pese a la distancia que la separaba de su casa en Quebec. En Canadá estaría nevando en aquella época del año, recordó con algo de añoranza, pero luego sonrió cuando sintió el abrazo cálido que le llegaba desde la ventana. Con dificultad, dejó atrás las sábanas y se dirigió a la ducha. Fue cuando el agua tibia ya recorría su espalda desnuda y la melena pelirroja le tapaba los hombros cuando llegó el primer pinchazo. Maldito vino, iba a ser un miércoles terriblemente largo.
Becca fue colocándose prenda tras prenda hasta llegar a lo que ella misma consideraba aceptable para andar por casa, y embocó el camino hacia las escaleras para bajar a desayunar. Como siempre desde que se mudó a aquella casa en las afueras, bajó rozando la barandilla con las yemas de los dedos. Toda la vida viviendo en un primer piso bien merecían disfrutar un poco de lo que sus amigos habían tenido y ella no, de una segunda planta propia. No es que tuviese quejas de su piso con una ventana a la misma nieve pero el silencio que le brindaba su actual dormitorio con terraza era un auténtico lujo, dadas las circunstancias de su crecimiento. Cuando llegó a la cocina comenzó su segundo ritual diario tras la ducha. El café, bien oscuro y ardiendo en una taza algo obscena que le había regalado su mejor amiga allá en Canadá. Un pedazo de pan de molde frito con mantequilla y un buen chorro de sirope de manzana. Todo lo que un organismo cardiosaludable necesitaba para afrontar un día completo. Quizá era pasarse pero como siempre decía, es más divertido pecar por exceso que por defecto. No estaba dispuesta a privarse de nada, eso estaba claro.
No tardó mucho en sentarse frente a la mesa de su escritorio, con una esquina forrada de estanterías con libros de dibujo y diseño a sus espaldas, y el resto del salón viendo las tripas de su monitor frente a ella. Arrancó el ordenador y su vista buscó casi inconscientemente el salón de tela roja que presidía la habitación. Y su mente voló.

Sobre el sofá, con el rostro casi hundido contra los cojines, Becca sentía sus acometidas. Feroces, salvajes, haciendo que quisiera gritar en una mezcla entre dolor y placer que sólo conocen quienes han experimentado esa dulce agonía. Sus dedos le quemaban las caderas y ella se asía torpemente al brazo del sofá, en un intento fútil de mantener un control que había perdido tras la cuarta copa de aquel maldito vino. Del sofá carmesí temblaban hasta las costuras y justo en ese momento daba gracias de vivir alejada de sus vecinos, pues cualquiera que pasase ahora frente a su jardín podría contemplar aquella pequeña orgía de sexo que ambos protagonizaban. Entonces la giró y cuando tuvo su cara frente a la de ella, metió la lengua en su boca a la par que reiniciaba la danza pélvica que de nuevo hacía que Becca cerrase los ojos para no caer desmayada.

Volvió en sí por el sonido de la videoconferencia entrante y se sorprendió a sí misma con la frente y el pecho brillando de sudor. Rápidamente se quitó el sudor con una pequeña toalla que colgaba de su silla, se abotonó la camisa hasta cubrir completamente el sujetador de encaje que enmarcaba sus pechos, se enrolló el pelo en una hábil maniobra coronada con un bolígrafo y se puso las gafas de montura negra que usaba para leer. Y contestó.
La reunión prometía no ser demasiado larga, unos cuantos cambios sobre la última ilustración que envió a las oficinas de la empresa que pagaba su sueldo este mes, nada que no estuviese previsto. Acostumbrarse a cambiar de jefe cada cierto tiempo no había sido complicado, sobre todo después de saber que así podría disfrutar de la vida que siempre deseó. Sin ataduras, ni a personas ni a lugares, la libertad más absoluta. Libertad siempre que no cesasen los ingresos. Becca observaba a aquel caballero con corbata y rostro de lunes, pese a ser miércoles, y que insistía en llamarla constantemente señorita Dunham. No es que no le gustase su apellido, simplemente es que los modales encorsetados, la formalidad a la que obligaban ciertos entornos laborales, fingir no iba mucho con su gusto. Aquel hombrecillo gris hablaba en nombre de la empresa constructora de turno y pese a que creía en sus jefes aún menos que la propia Becca, seguía a rajatabla sus instrucciones. Un pequeño aclarado de garganta y la conversación bajó de las nubes a algo más concreto. Fin de los formalismos, el olor de la harina y de la masa anunciaba que pronto acabaría todo.

-…es por eso que el señor Bullock quiere que cambie usted la iluminación de toda la casa. Queremos que se respire un ambiente hogareño y actualmente da la sensación de ser una oficina en la que duerme la gente, y no de ser un hogar. En cuanto a la cocina, nos gusta el color que ha escogido para la encimera pero los…

Allí estaba ella, completamente desnuda y sentada sobre la encimera de la cocina, sin poder juntar sus dos largas y blancas piernas porque entre ellas se encontraba la cabeza de él, que obraba su magia mientras Becca trataba de que sus sudorosas manos no le fallasen y acabase resbalando. Liam era especialmente concienzudo en lo que se refería al sexo oral. Había nacido con esa habilidad que se adquiere ni curtiéndose en mil batallas sexuales. Su lengua recorría todas las terminaciones nerviosas y sus labios abrazaban los de ella mientras Becca respiraba tan rápido como le era posible, buscando un oxígeno que le impidiese marearse, y que provocaba justamente el efecto contrario. El aliento de Liam perforaba hasta su estómago y aquel calor, oponiéndose a aquella encimera de hielo, le provocaba aún más placer. Entre estertores, consiguió agarrar su pelo y levantarlo mientras se incorporaba a duras penas. Presa de la locura, le ordenó tumbarse y se sentó sobre aquel cuerpo fibroso que iba a ser su corcel.

-…muebles deberían corresponderse con los que montaremos definitivamente, los del catálogo que el señor Bullock le envío la semana pasada. -Hubo un silencio al ver que los ojos de Becca no parecían prestar atención a la conversación- ¿Señorita Dunham? ¿Está usted bien?
-Perfectamente -dijo recuperando la compostura-, creo haber entendido perfectamente los cambios. Les remitiré nuevos bocetos antes de acabar la semana y, si resultan ser los definitivos, podremos pasar a la zona de la piscina. Muchas gracias y que tenga un buen día. -Respondió con la sequedad habitual.
-Usted también, señorita Dunham.

La reunión acabó con Becca activando el piloto automático. No recordaba el último tramo de la conversación y dio gracias a que en unas horas le llegaría la misma transcrita. Bullock nunca dejaba nada al azar ni a la improvisación, ni confiaba nada de su vida profesional a la memoria de sus colaboradores. Ya tendría tiempo de leer con detenimiento todo aquel soliloquio de la mano derecha de su actual contratante y se sorprendería mucho si no hubiese quedado reflejado ningún exabrupto producto de sus ensoñaciones.

De nuevo se bloqueó cuando aquel sofá apareció en su campo visual y tenía que solucionarlo cuanto antes. Las ganas de Liam estaban comiéndosela por dentro y entorpeciendo su día a día. Becca se levantó de golpe y aprovechó que se había arreglado para la reunión para coger las llaves y cruzar la puerta de su casa. El sol encogió sus pupilas con tal fuerza que cuando pudo recuperar la normalidad ya estaba alcanzando el coche. Introdujo la llave en el contacto y poco menos de 5 minutos después dejaba atrás el pequeño pueblo en el que vivía desde hacía muchos meses para dirigirse a la capital. Media hora de camino, diez buscando aparcamiento y cuatro minutos hasta el bar. De nuevo sus pupilas, ahora aumentando al adentrarse en la oscuridad de aquel local. Lo conocía muy bien pues buena parte de sus almuerzos lejos de casa se producían bajo aquel techo, y algún día había ayudado a echar el cerrojo por fuera a altas horas de la madrugada.
Caminó unos cuantos pasos hasta dejar atrás el pasillo y se quedó quieta bajo el quicio de la puerta. Allí estaba él, sacando algunas cajas del almacén y resoplando mientras iba poco a poco rellenando las estanterías. La rotación de botellas en la semana de fiestas más fuerte del año era muy alta, y se pagaba muy bien económicamente pero también con bastante esfuerzo. Los ojos de Becca brillaban de forma inconsciente mientras veía los músculos de brazo de Liam tensarse y destensarse y casi no se dio cuenta cuando Georgia, su ayudante, pasó junto a ella acabando de ponerse el uniforme.

-Hola Becca, ¿qué haces hoy por aquí? -dijo Georgia con tono de sorpresa-, no te esperábamos hasta el fin de semana. -y acabó la frase rozándole el brazo.
-Georgia, yo… -y se le atragantó la frase cuando Liam alzó la vista por encima de aquellas gafas para ver de cerca que tanta rabia le daban. Y a ella también. Entonces, de forma instantánea, cambió mentalmente el tono de su discurso y posó una mano en la cintura de Georgia, que reaccionó con un leve respingo. -¿Sabes qué? Acabo de decidir que puedes venir esta noche a mi casa. Es más, te pido que vengas, me encantaría tenerte allí.
-Tú y yo… ¿a solas?.
-No, a solas no -y volviendo la mirada de nuevo hacia Liam, apuntilló-, para esta noche seremos tres.

Entonces, por sorpresa, besó suavemente a Georgia en los labios, se rió ante la cara que puso Liam justo en ese momento al verlas y se sentó en la mesa de siempre para pedir su almuerzo de siempre. Ya tocaría improvisar para la hora de la cena.

Este relato forma parte de una serie. Podéis leer el segundo capítulo, el ático de Becca, siguiendo este enlace.

Samuel F.
Samuel F.
Me dedico a escribir aquí y allá, y de vez en cuando también diseño cosas. Soy un cliché con patas porque a veces escribo en un Starbucks con una camisa de cuadros y un Mocca blanco en invierno o un Frapuccino en verano. Ah, y tengo barba. Si tuviese gafas, que las tuve, sería el combo definitivo. Adoro a Batman y no soy rico.

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