De cabo a rabo

De cabo a rabo

La corneta suena en el recinto cuando el halo de luz blanca de la remanente luna ya hace rato que baña las condecoraciones que se pavonean sobre el firme pectoral de Bergen. El cabo era capaz de rendir con poco descanso, como las buenas máquinas, y en comparación a él un reloj suizo era mediocre en precisión, eficiencia y puntualidad. Parecía que el polvo y la suciedad temiesen presentarse en la modesta habitación del alemán, quien escrupuloso hasta niveles inimaginables se aseguraba de que ninguna pelusa yaciera sobre aquellas marciales y verdes telas antes de abandonar la cámara. Rígido como el hierro pero sigiloso cual felino, Bergen atravesaba los gélidos y sombríos pasillos sin inmutarse de las baja temperatura que aquellas finas y vagas paredes acordaban compartir con el exterior.

Austero en expresión y palabras, el militar atravesaba el edificio con media sonrisa que podía significar cualquier cosa. Quizás tuviese en mente pasear por las calles de la ciudad con cuatro de sus hombres para aterrorizar a unas cuantos judíos. Quizás saborease ese particular triunfo diario de que su peinado fuese sinónimo de perfección. O quizás medio-sonreía pensando que todo el cuartel estaba restregándose los ojos en un cuerpo a cuerpo contra las legañas mientras él ya iba de misión. Su misión. Sumisión.

La media sonrisa se tornaba entera cuando las cañerías que iba dejando a los lados sonaban y en el ambiente la temperatura y la humedad subiesen a causa del agua infernal que conducían. Un agua que tras aquel serpenteo acabaría regando cabezas y cuerpos de cadetes para perderse por el desagüe y haber creado un microclima de vapor y la confusa mezcla de olores. Una mezcolanza de partículas por millón que a medida que se depositaba en la pituitaria de Bergen éste aceleraba un poco más su rítmico andar casi de manera involuntaria, como sus pulsaciones. Hasta que llegaba al destino, su enclave estratégico; las paredes de aquel edificio contaban ya con varios lustros y mostraban su senectud con grietas que en esta ocasión parecían ser el efecto de la sublimación del deseo oculto del cabo. Una fantasía tan intensa y tal nivel de lascivia que rozaba ira, la enajenación. Con las yemas de sus aún fríos dedos Bergen acariciaba los bordes ya romos de aquella hendidura que conformaban dos baldosas rotas: era su mirilla, su periscopio. Sus dedos quedaban bañados por el agua que se había condensado sobre aquel taciturno amarillo de los azulejos y, sin saber muy bien por qué, se humedecía los labios con ese rocío de vestuario. Y tras ese impulsivo y sutil preliminar, Bergen se apoyaba sobre la pared y su ojo quedaba sobre la mirilla. Empezaba la misión.

Unos veinte cuerpos masculinos magros y necesitados de aquellas abrasadoras aguas desfilaban ante su indiscreta y midriática pupila, que en los primeros minutos incluso temblaba al no decidirse entre tanto objetivo potencial. Las gotas de sudor caían por su sien a tempo con las que recorrían los brazos y torsos. Unas gotas azarosas y juguetonas que provocaban que Bergen se mordiese el labio, se lo relamiese. El denso y blanquecino vapor actuaba a favor del espectáculo envolviendo a los desnudos cadetes en una nube algodonosa que hacía de la libido del joven cabo su juguete, cuando de vez en cuando se asomaba por sorpresa algún hombro, alguna nalga o algún miembro. Las vergas y Bergen, Bergen y las vergas, y una prominente erección que no podía ser más pecaminosa, cosa que aún le excitaba más. Toda la pulcritud, todo el orden y toda la disciplina se iban por el desagüe con esas lascivas aguas durante esos minutos de placer 100% masculino. Sobre todo cuando en pleno frenesí su mente ya no atendía a nada relacionado con la milicia ni las esvásticas y su mano bajaba estrepitosamente hacia su correa, su botón y su cremallera. Ahora él obedecía, él se sometía a la misión. Y no había uniforme que la frenase.

El pervertido militar ponía entonces un motor físico a su pasión y trataba de calmarla a base de frenéticos movimientos que le hacían poner los ojos en blanco cada dos por tres. Unos pistones de lujuria que lo satisfacían al mismo tiempo que retroalimentaban su fantasía, permitiéndose visualizarse entre esos soldados quienes luego le obedecerían durante horas. Ahora volvía el cabo, volvía el mando. Y saberse superior, saberse amo, le excitaba aún más. Mataba la frustración de mantener en secreto las que serían sus verdaderas órdenes a base de imaginar cómo las lenguas de un par de esos fornidos militares recorrían su pectoral y su espalda. Nada de “¡AR!”, sino “besAR”. “RozAR”. Y, sobre todo,  mucho “¡FIRMES!”, ésa sí. En ese cuartel utópico todo el pelotón se presentaba obscenamente firme ante su r…cabo, aunque sólo fuese a nivel de pubis.

Gozo. Miedo. Dominación. Inocencia. El amalgama de sentimientos y sensaciones que abordaban al cabo Bergen hacían que su mano fuese imparable y que tras la repetición de este furtivo ritual de onanismo militar su orgasmo llegase con la desaparición de la nube de vapor y la aparición de las toallas. Los soldados entonces secaban sus pieles mientras él se secaba el sudor y recuperaba el aliento y la compostura. Volvía a rozar con las yemas de sus dedos los bordes de aquel agujero de la indiscreción pensativo, como cada vez, como en cada final. Se preguntaba cómo había llegado hasta ahí, dejando a un lado insignias y rangos militares para sentirse aún más joven de lo que era, para sentirse un niño inexperto, asustado y curioso. Pensando si alguno de aquellos juguetes sexuales en forma de proyecto de hombre que observaba sentía lo mismo que él; ese sentimiento prohibido, esa atracción excitante por admiración, por belleza y por irreverente. Cuestionándose hasta cuándo tendría que imaginar el sexo y no saborear su coito ideal, el besar otros labios, otros cuerpos. Una divagación no apta para todos los públicos que se desvanecía a medida que se alejaba de aquel badajo, de su irreverencia, de su criptonita.

Anna Martí
Anna Martí
Dicen que no paro pero yo creo que son ellos quienes me ven deprisa. Pasé de curar vacas a curar ordenadores hasta acabar escribiendo aquí y donde se me aguante. Tecladorreica, musicómana y afín a la gente que me provoca carcajadas sonoras. No coffee, no party. Dame una cámara y moveré el culo. Pon todas las tildes y soy tuya para siempre.

Comments are closed.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR