Demasiado sexo nubla la vista

Demasiado sexo nubla la vista

Se observaron con una extraña sensación agridulce en la mirada, como si degustasen un oxímoron con los ojos capaz de provocarles idéntica sensación de asco y de placer; de repulsión y de magnetismo; de odio y de pasión. ¿Cómo sobrevivir a aquel cúmulo de sentimientos que se entrecruzaban tejiendo una atmósfera tan inestable como la que precede a la demolición de un edificio? Ninguno de los dos lo sabía; ambos sólo se dejaron llevar; los dos desearon que el contrario tuviera el aplomo suficiente como para llevar las riendas sin hacer uso de la fusta.

—Sí que has cambiado —dijo él tras un notorio carraspeo. Ella agachó la cabeza ligeramente sin apartar la mirada de su ex—. No hay duda de que estar sin mí te ha sentado bien.

Primera puñalada involuntaria que la chica sufrió como si fuera física. Iba a replicar, pero advirtió en los ojos contrarios el desagradable sabor de la culpa: ambos se conocían lo suficiente como para saber si debían o no revolcarse en el dolor contrario.

—Perdona —se excusó él visiblemente afectado—, no pretendía ofenderte nada más empezar.
—¿Ibas a esperarte un poco? —El reproche salió solo; como un eructo tras beber un litro entero de gaseosa—. ¿Cuánto pensabas tardar en echarme en cara la ruptura?
—Yo, no…
—¿No te bastó con la mierda que me arrojaste la última vez?

Poco importó el pacto invisible firmado con ellos mismos de no echar mano a las armas: ambos desenfundaron casi sin darse cuenta; dejándose llevar por el rencor macerado en el vinagre de una relación mal concluida. El odio ascendió desde lo más profundo de las entrañas quemando la garganta en sentido inverso al de una copa de absenta, restallando en la atmósfera viciada para adquirir entereza de discusión.

—¡ERES UNA PUTA! —Escupió él con toda la rabia acumulada.
—¡Y TÚ UN CABRÓN EGOÍSTA! —Replicó ella estallando en lágrimas.
—¡PUES TÚ UNA…!

El reproche enaltecido se difuminó en su cerebro de igual manera que desaparece el horizonte con la caída de la bruma, ahogando el grito en su garganta hasta que la voz se convirtió en una fina hebra que se rompió en un “la” sostenido. Advirtiendo que el llanto de ella aumentaba de manera inversa a la inspiración, recordó sus problemas respiratorios y el riesgo latente de desmayo por falta de oxígeno. Asustado, apoyó las manos sobre los hombros contrarios sin obtener resultado.

—Lo siento —masticó. Nada—. Perdóname, he sido un gilipollas.

Él temió lo ocurrido en otras tantas ocasiones: incapaz de respirar ante el ataque de llanto que le tenía bloqueado el diafragma, ella trataba en vano de llevar aire a sus pulmones; topándose con la inoperancia de los músculos que, ajenos al ahogo y al tono azulado que adquiría el rostro de la chica, mantenían la absurda decisión de no realizar su trabajo.

—¡Marta!

La zarandeó, primero con delicadeza; después la agarró por los brazos agitando su cuerpo frenéticamente sin ser capaz de revertir su ahogo. El miedo amenazaba con bloquearle también a él.

—¡MARTA! —Gritó llorando. Ella pareció reaccionar—. ¡Marta, Marta…! ¡RESPIRA!

Viendo que recuperaba el resuello, la abrazó tratando de que se relajase aprovechando para pedir perdón con el mismo gesto. Aunque pronto el contacto dejó de ser un trámite para convertirse en una necesidad, renaciendo en ambos un calor que creían olvidado con la amarga ruptura. Se abrazaron tímidamente, ella secó las lágrimas en el hombro de su ex, él la abrazó aún más fuerte comparando aquel positivo con el negativo que atesoraba en la colección de recuerdos por los que merecía la pena vivir, ella deseó fundirse en el cuerpo contrario deseando a su vez que se fundiesen los muros que edificaron juntando rutina y desidia. Ninguno de los dos supo nunca el tiempo transcurrido, pero a ambos les pareció demasiado poco.

—Esto… —Carraspeó ella emergiendo a la superficie de aquel lago cálido en sensaciones. Él escuchó su voz a lo lejos, como la llamada a levantarse que se filtra entre las capas freáticas del sueño profundo asimilándose como parte de ese mismo sueño—. Tenemos que solucionar aquello.

Solucionar era el eufemismo de “discutir airadamente”. Y con “aquello” se refería al tema que les había juntado esa tarde de domingo: discernir qué proporción del piso antes común se quedaba cada cual. Con una hipoteca a partes iguales que indicaba la propiedad de idéntica forma, la aportación para acceder a la compra la habían realizado de manera desproporcionada. En concreto, y siempre en términos lo más resumida y matemáticamente posible, Marta había dado el 63 % de la entrada de 60.000 euros; quedando el resto en manos de él. Ella tenía un mejor trabajo por aquella época, disponía de padres más pudientes. Y él empeñó hasta su último céntimo en el piso y vida conjuntos; pagando también las cuotas del último año debido al desempleo de la chica. ¿A quién le pertenecía una mayor parte del domicilio anteriormente en común? ¿Quién debía decidir sobre el futuro de la venta percibiendo más porcentaje? Como suele ocurrir en las rupturas, sobre todo en aquellas donde son el dolor y el despecho las principales monedas de cambio, no se pusieron de acuerdo en los montantes posventa del inmueble; quedando en persona para discutirlos. Algo que ninguno de los dos pretendía hacer.

—Cari… —El subconsciente le traicionaba. Aunque, por más que le resultó extraño, la palabra se le atragantó por vergüenza más que por deseos de pronunciarla—. Javi, tenemos que solucionar el problema.

Él se despegó del cuerpo femenino con la misma parsimonia del ascenso de un koala, sintiendo que abandonaba el refugio para adentrarse en un campo plagado de minas. Marta deseó que no dejase de abrazarla; opuso la mínima resistencia como para mantener la unión sin mostrar abiertamente su anhelo, pero resultó en vano: ambos volvieron a su respectiva soledad sabiendo que el más mínimo gesto enterraría momentáneamente la declaración de guerra, quizá para siempre. Sin que se produjese tal movimiento.

—Sube, tienes cosas que has de llevarte.

El tiempo tiende a dejar un rastro de amargura y de cajas repletas de recuerdos a medio asimilar, ocupando éstas tan poco espacio que suele sorprender lo poco que nos ancla a la vida de otro. En el caso de Javi, una colección de discos bastante completa con lo más granado de la Movida Madrileña, una videoconsola de última generación, varios juegos compatibles con ella y una pila de regalos aislados en una caja más pequeña que reconoció al instante como algunos de los detalles que le había entregado a su ya ex pareja por ocasiones especiales. Figuras de cristal, un puzzle en tres dimensiones representando al Coliseo Romano, varias tarjetas de felicitación… Marta advirtió la congoja en el semblante de Javi, procediendo a recoger varios de los objetos más personales de la caja.

—Perdona —se disculpó—. Estaba enfadada y lo pagué con nuestros recuerdos. No pretendía despreciarlos.
—Esto no ha cambiado mucho —apreció Javi dándole un giro a la conversación mientras sacaba la vista de las cajas para posarla sobre las paredes—. Casi parece que no me haya ido.

“Ojalá no te hubieras ido”. El deseo cruzó la mente de Marta con sólo un propósito: añadir aún más dudas a un corazón que casi se había olvidado hasta de latir. “Habría preferido retomar nuestras discusiones. Pero, en lugar de eso…”. Le miró de reojo mientras escondía detrás del sillón los objetos que había retirado de la caja con los recuerdos comunes. “En lugar de eso te estás comportando como ese chico del que me enamoré”.

—¿Por qué hemos acabado de esta manera, Marta?

La pregunta pilló desprevenida a la chica, consiguiendo que responder con cierta cordura fuese una tarea más complicada que darle de comer a una leona con la mano y directamente en sus fauces. Incapaz de materializar sus pensamientos, y sin una excusa factible que justificase la ruptura, Marta no pudo hacer más que tragarse su silencio.

—Lo sé, fue culpa mía —Javi respondió su pregunta al tiempo que se preparaba para juntar el contenido de las cajas deseando que todo pudiese transportarse de un solo viaje—. He sido un gilipollas. Y un egoísta de mierda, tú tienes razón —una de las cajas era bastante más grande que las demás: quizá recolocando sus pertenencias cupiesen en dicho espacio—. No tendría que haberte juzgado ni haberme enfadado por que aprovechases aquella oferta de trabajo. No sé —Javi se mantenía absorto en su Tetris particular—, temía dejar de verte, que te fueras lejos. Sé que no tenía derecho a enfadarme por mis tonterías ni a discutirte le decisión de seguir adelante con el trabajo: si ahora mismo pudiese volver atrás, no me comportaría como un imbécil.

“¿Y por qué no volvemos atrás?”, pensaron ambos reencontrándose con los ojos en la inmensidad de aquel comedor de diez metros cuadrados. Javi se quedó inmóvil y sin saber cómo reaccionar; Marta trató de quitarse el pensamiento que correteaba por su cabeza como un cervatillo descubriendo un prado de primavera.

—También tienes cosas tuyas en la habitación —mintió ella—. Tendrías que mirar por si quieres llevártelas —”ojalá que no”—, o si prefieres que las tire —”jamás las tiraría”.
—Veamos.

Fueron hasta el dormitorio la una seguida del otro, recorriendo el pasillo en silencio y prácticamente a oscuras guiados sólo por la luz que se escurría desde el comedor. Cruzaron por delante de la puerta del lavabo, de la habitación de invitados, torcieron la esquina tomando el recodo a la derecha hasta el final del pasillo y se adentraron en el antiguo dormitorio en común que en ese momento sólo ocupaba Marta. La soledad fría de la estancia se les echó encima en cuanto la chica apretó el interruptor de la luz, recibiéndoles un tsunami de emociones que rompió en sus respectivas playas arrojándoles violentamente contra la melancolía seca del pasado.

—Ya no tienes los peluches sobre la almohada —apreció Javi paseándose por la estancia—. Con lo pesado que era yo quejándome de esos muñecos, me extraña que ahora, después de que ya no durmamos juntos, los hayas quitado de la cama.
—No sé —trató de explicarse Marta mientras rebuscaba dentro del armario—. Supongo que tenías razón: era demasiado infantil para una mujer con treinta años. Ten.

La chica le alcanzó a su ex pareja un montón de ropa primorosamente doblada que Javi reconoció al instante como las camisetas que Marta acostumbraba a tomarle prestado para dormir. Una en color negro con el “I ♥ New York” impreso en la parte delantera, otra de “Camy” con el azul ya deslucido tras los múltiples lavados, la típica camiseta de broma que, a pesar de lo soez del mensaje, ella lucía en la intimidad del dormitorio como una llamada a materializar dicho mensaje…

—Demasiado sexo nubla la vista —leyó Javi desplegando la camiseta tras haber depositado el resto sobre la cama—. Nunca he entendido por qué te gustaba ponértela.
—Creo que lo sabes perfectamente.
—Supongo que te gustaba incitarme con ella para foll… Para hacer el amor.

Javi cerró la frase con un suspiro. Apenas audible, silencioso, como el aleteo de un pájaro al emprender el vuelo que se siente incluso sin escucharlo. Como ese deseo que ambos desprendían sin dejarse guiar por él a pesar de necesitarlo; siendo Marta la primera que dio el paso. Tímido, pero decisivo.

—¿Quieres que me la ponga una última vez?

Marta se sorprendió de sus propias palabras, como si el subconsciente se las hubiera puesto en la boca accionando contra su voluntad las cuerdas vocales. ¿Contra su voluntad? Sí. ¿Seguro?

—Pues… —Javi se quedó petrificado.
—Pensé que te gustaba verme con ella —la maniobra de psicología inversa sí que la calculó de manera consciente.
—Siempre me ha gustado.

No necesitó más invitación. Sin que Javi pudiese pronunciar palabra o armar pensamiento alguno, Marta se retiró la blusa estirando del faldón hacia arriba para arrojar posteriormente la prenda sobre la cama. Y quedando en sujetador para sorpresa del chico, que nunca hubiese apostado por tener de nuevo aquella desnudez ante sus ojos. ¿Cómo podía ser posible? Hacía sólo media hora casi se habrían matado. Y ahora… ¿Qué sucedería ahora?

—¿Qué tal?
—Maravillosa.
—¿La camiseta?
—No.

Cuando el destino adquiere un camino distinto del que se espera, sólo se pueden hacer dos cosas: continuar por la senda deseando que desemboque en buen puerto o darse la vuelta regresando al punto de partida con el rabo entre las piernas. Javi decidió adentrarse en el camino que conducía al cuerpo de Marta sintiendo igualmente el rabo entre las piernas, abandonándose a los recuerdos vividos en común y sumergiéndose en la melancolía asumiendo que le costaría el doble que la última vez sacar la cabeza lo justo como para tomar aire. Se arrojó a ella, se deshizo en ella, se abandonó al cuerpo que le recibía con idéntica desesperación, se fundieron como onzas de chocolate durante una tarde calurosa de verano, se desnudaron arrancándose la ropa igual que dos fieras ejercitando sus recién estrenadas uñas; Marta tomó la iniciativa empujándole contra la cama, le sacó los pantalones con la habilidad de una prestidigitadora, agachó la cabeza a la altura clave, se introdujo el pene en la boca sin ningún tipo de vergüenza a pesar del tiempo transcurrido sin estar frente a frente y le regaló a un Javi roto entre espasmos toneladas de placer que le arrastraron al borde del desvanecimiento.

—Ni se te ocurra correrte ahora.

Marta apretó el pene de Javi con más fuerza de la que a éste le gustaría y se irguió procediendo a desnudarse por completo. Sujetador fuera. Los pechos de la chica activaron la erección de sus pezones. Bajó la cremallera de sus vaqueros con la ansiedad de estar cortando el cable rojo de una bomba. Liberó la pierna derecha del ahogo de la tela. La izquierda. Marta lanzó los pantalones al suelo sin miramientos. ¿Se quitaría también las bragas? Tuvo un instante de duda, ese microsegundo donde el cerebro consigue imponer su estatus dominante para verse desbordado acto seguido por el motín de las emociones que derrumban a la razón de manera aplastante.

Bragas fuera.

—¿Estás bien, Javi?

No, no lo estaba. ¿Cuántas veces habría visto a Marta como su madre la trajo al mundo? Quizá si hiciese un esfuerzo sacara una estimación, pero serían demasiadas para contabilizarlas con exactitud. Y menos en aquel momento: Marta se aupó de rodillas a la cama, reptó sobre el cuerpo del expectante Javi y, situando su espalda casi en perpendicular con la cara del chico, bajó las caderas hasta succionarle la boca con unos labios diferentes a los del rostro. Javi acarició el vientre de Marta mientras le practicaba el mejor cunnilingus del mundo según palabras de la propia chica, llevándola hasta el mismo borde que él había visitado minutos antes. También en esa ocasión fue ella quien se detuvo.

—¿Recuerdas cuando follábamos durante horas sólo por el placer de hacerlo? —Alargó la frase igual que alargaba la incertidumbre mientras reptaba en sentido inverso—. ¿Cómo nos deseábamos sin que hubiese ningún reproche entre nosotros? —Javi la observaba temblando de nervios: la entrada de la vagina revoloteaba su glande igual que una mariposa se aproxima delicadamente a la flor que le brindará el néctar—. Y ahora… —Marta se introdujo el pene de una vez sujetándolo por la base, sin tentativas ni vacilaciones; obviando que, pese a estar húmeda, la primera entrada sería molesta—. Ahoraaa… —No se equivocó, fue molesta. Pero tampoco tardó en sentirse acomodada al placer que se introducía repetidamente en su interior, gozando con la delicia de un pene extraño y familiar al mismo tiempo—. ¿Qué nos ha… ocurrido… ahora?

No lo sabían con seguridad a pesar de que ambos tenían sus conjeturas; que no comentaron durante la más de media hora que duró el acto sexual. Sin ataduras, con la necesidad de encontrar respiro en la única persona capaz de darles aire, deseando en segundo plano que el sexo se convirtiese en la antesala de la tan deseada vuelta. Marta cabalgó la montura hasta casi el orgasmo, Javi tomó el control arrojándola contra la cama para penetrarla mediante las posturas favoritas de la chica, se lamieron todo lo que quedaba al alcance de sus lenguas sin romper su enlace carnal y alcanzaron el clímax conjunto obviando el peligroso hecho de que ninguno de los dos había tomado protecciones. Marta se convulsionó entre gritos sintiendo cómo sus contracciones pélvicas se acomodaban en ritmo a los impulsos orgásmicos de Javi, elaborando una melodía conjunta de placer que concluyó en una fanfarria de berridos, sudor y semen dejándoles exhaustos y abrazados. Así permanecieron durante un largo espacio de tiempo. Indeterminado para ellos y de apenas media hora en términos reales; tras el cual no pudieron hacer más que enfrentarse a dicha realidad.

—Creo que tendría que marcharme —susurró Javi deseando que Marta le contradijese.
—Supongo —dijo ella maldiciendo la palabra al instante de decirla.

El resto del encuentro transcurrió encadenado y lastimoso, como la visita al médico a sabiendas que se reserva una mala noticia. Se vistieron en silencio, arreglaron el dormitorio con más silencio, Javi recogió la única caja también sin decir nada, enfiló los pasos a la puerta arrastrando mucho más que el peso de sus cosas y se giró tras asir el pomo dispuesto a decir algo que cambiase la historia; dispuesto a soltar una frase a lo Armstrong capaz de convertirse en el primer paso de su reconciliación.

—Ya nos veremos.

Javi se maldijo por sus palabras esperando que Marta encauzase la situación. Y así se lo propuso ella, poniendo todo el valor en dar una respuesta capaz de trastocar lo que en apariencia era inevitable.

—Espero que sí.

Javi salió por la puerta acongojado y sin atreverse a mirar atrás. De haberlo hecho, se habría tropezado con una Marta salpicada en lágrimas que le observaba deseando hacer algo. Inmóvil, contempló a Javi bajar por las escaleras con su caja perdiéndose de vista en el descenso. Aguardó unos minutos deseando con todas sus fuerzas que retomase los pasos devolviéndolos a su vida con el resto de la persona, pero no fue así. Cerró la puerta en silencio tratando de que el mecanismo no hiciese el menor ruido. No lo hizo. Se dejó caer contra la puerta y se mantuvo apoyada y de pie mientras rompía a llorar desconsolada. Las lágrimas cayeron sin medida, resbalando por sus mejillas como la condensación de un cristal en invierno. Pero no fue lo único que cayó: un líquido espeso se escapó de su cuerpo quedando atrapado en las bragas. Y anticipando que el futuro, aunque en ese momento no lo supiera, tenía previsto atraparlos a ambos.

 

Iván Linares
Iván Linares
Escribo porque me gusta y porque me da la vida; también veo porno por lo mismo. Así que... ¿Por qué no unir ambos temas en uno solo? Aquí estoy: esperando que disfrutes con lo que sale de mi cabeza. La superior...

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