El ático de Becca

El ático de Becca

Este relato es el segundo capítulo de una serie que comenzó con Becca hace algunas semanas. Si os apetece leerlos en orden, sólo tenéis que seguir este enlace.

Becca pasó toda su infancia y la adolescencia en Canadá, en un bonito pueblo cerca de un lago tan idílico como aislado. Llegada cierta edad, su cerebro y su cuerpo le pedían mucha más actividad de la que obtenía en aquella pausada villa así que no tardó en buscarse una carrera y un trabajo que la acercasen a la gran ciudad. Acabar viviendo sola y lejos de sus padres fue una decisión lógica e inevitable y su piso, un ático desde el que se veían las montañas en la distancia, facilitó la transición. Desde su ventana podía disfrutar de la tranquilidad de quien siente lejano el ruido del tráfico pero puede percibir sus olores. La mezcla perfecta entre vivir en una urbe tan ajetreada como aquella y tener el silencio del que había gozado durante los largos días en los alrededores de la casa de sus padres.

Su vida transcurría a trompicones y casi sin descanso, y aunque era lo que había querido desde siempre no podía evitar echar de menos algo de calma. La implacable rutina diaria la conducía de la cama a la ducha, de ahí a la cafetera, al armario y a la oficina en la que sacaba el dinero suficiente para estudiar por las tardes en la escuela de arte. Los destinos su día a día eran como puntos en un dibujo para niños, puntos que se conectaban entre sí no con un lápiz sino con pequeños trayectos en metro. En esos trayectos, tan cortos como frecuentes, Becca aprovechaba para ordenar las ideas, para dedicarse algo de tiempo a sí misma y, por qué no, para viajar mentalmente a casa. Su casa era su pequeña isla mental, donde reposaba todos sus pensamientos. A menudo echaba de menos aquellas tardes charlando con sus amigos, los pies sumergidos en el lago y el sol bañando su rostro. Pero también recordaba las nevadas y los días completos sin poder hacer nada más que entrar y salir de su cuarto. Era entonces cuando abría los ojos y observaba a las personas que la rodeaban en el metro. Veía sus caras, sentía su falsa compañía y sonreía para sí misma, recargando un poco las pilas hasta que llegaba a la estación que estaba a poco más de cien metros de su casa, ya de noche.

Antes de tomar el ascensor y cruzar la puerta para dar por finiquitado el día, Becca había adquirido la sana y cómoda costumbre de parar en una pequeña tienda de su calle con el objeto de comprar algo de comida rápida con la que evitarse cualquier otra gestión en cuanto tirase las llaves sobre aquel pequeño bol floreado que su madre le había regalado para servir la ensalada. Y que se había convertido en un improvisado vaciabolsillos. Aquella noche se cruzó de nuevo con aquel chico con el que coincidía a veces por la calle. Él compraba algo de arroz frito cuando ella ya terminaba de pagar su pedido, y se sonrieron justo antes de despedirse. Le pareció muy guapo la primera vez que se vieron y esa sensación aumentaba con cada coincidencia. Pelo castaño y aseado, piel morena y una cálida sonrisa que no desviaban su atención de lo que parecía ser un bonito culo que se llevó, como de costumbre, el último vistazo antes de seguir cada uno con sus quehaceres. No se había dado cuenta de cuánto le gustaba él, además de aquel misterioso trasero, hasta que se sorprendió pensando en él mientras se masturbaba en la cama, como cada noche antes de cerrar definitivamente los ojos. Imaginó que era su mano la que la tocaba y que ella, sonriendo y mordiéndose los dedos, le dejaba hacer todo lo que quisiese. El orgasmo que sucedió a aquel masaje fue tan potente que Becca se entregó a los brazos de Morfeo en cuestión de segundos. Fue todo tan explosivo y tan rápido que ni tan siquiera tuvo tiempo de volver a colocarse las braguitas.

Amaneció algo más tarde que de costumbre, exhausta por una semana más complicada de lo normal, y pese a que podría haber abierto los ojos bastante antes tuvo que ser el sol, atravesando su ventana, quien la desvelase con su calor. Becca se desperezó de forma poco femenina pero efectiva y, a regañadientes, salió de entre las sábanas como pudo. Se colocó su batín preferido y cruzó la habitación en busca de su merecido premio, un café hirviendo con un ligero toque de canela y quizá algún que otro dulce. Al acercarse al ventanal que ocupaba casi la totalidad de la pared de su dormitorio, ventajas de vivir en el ático, se quedó quieta mirando a través de los cristales en dirección al edificio de enfrente. Allí, un piso más abajo que el suyo, había un chico corriendo sobre una cinta con el torso desnudo. No pudo evitar cotillear algunos segundos pero el estómago no tardó en rugir e hizo un breve impasse para el avituallamiento. Ya con la taza humeante en la mano, se apoyó contra la pared junto al ventanal para degustarlo mientras aquel desconocido seguía con su ejercicio. Mientras él cambiaba la cinta por unas pequeñas mancuernas y seguía tonificando sus sudorosos músculos frente a la ventana, Becca colocó la mano libre de tazas justo sobre la entrepierna y comenzó a darse un masaje muy suave que no tardó en seguir el ritmo de aquella barra metálica lastrada y sujeta de forma tan varonil en el otro lado de la calle. Sin pretenderlo, y dejando volar la imaginación, cerró los ojos y se entregó de una forma más exclusiva a su placer personal, no llegando a percibir que aquel desconocido se había percatado de su presencia y que se esforzaba en ofrecer su lado más fotogénico hacia ella, a fin de que mejoraran tanto la vista de una como la autoestima del otro. Cuando Becca abrió los ojos se le quedó mirando fijamente a los ojos y un súbito rubor asomó a sus mejillas. Un rubor que explotó en rojo carmesí cuando se atrevió a saludarla tímidamente y a ofrecerle lo que intuyó una sonrisa, a pesar de la distancia que les separaba. Cuando al fin logró reaccionar, él seguía allí saludando y preguntándose, no sin la inevitable sensación de estar haciendo el más completo de los ridículos, si ella le miraba o no. A la vez, Becca fue consciente de que estaba allí llevando únicamente unas bragas de un color nada discreto y de que su batín estaba casi abierto del todo, dedicando una mirada directa de sus pechos a aquel extraño atleta. Cerró la cortina con tal rapidez que la posibilidad de que aquel musculoso desconocido creyese que la cosa no iba con él se esfumó a la velocidad del rayo.

Aún tardó varios minutos en volver a tener el control de sus nervios. Calmó su respiración, su rostro volvió a tener el mismo color del resto de su piel y sus manos dejaron de temblar. Una vez todo estaba de nuevo en su sitio, Becca se dirigió al armario para ponerse algo aceptable y sólo aceptable, que para eso estaba de fin de semana, y bajar a hacer alguna compra de material para la universidad. El gasto en pinceles, témperas, ceras y demás material para sus clases de dibujo empezaba a ser ridículamente absurdo. Más aún si pensaba que ella quería dedicarse al mundo digital, donde no necesitaría nada de aquello. Pero crear era algo muy placentero para ella y soportaba la inversión estoicamente. Sus protestas, sin embargo, eran sus pequeñas victorias. Decidió bajar a la calle usando las escaleras pues se sentía con bastante energía pero entre el piso octavo y el cuarto tuvo tiempo para pensárselo mejor y terminó el trayecto en aquella caja de aluminio en la que ya se había quedado atrapada dos veces desde que vivía allí. Piso viejo, ascensor viejo. Por contra, magníficas vistas y alquiler razonablemente bajo. Todo tenía pros y contras. Al llegar a la calle el sol aún daba de frente en su fachada y fue cuando se llevó la mano al rostro para protegerse de la intensa luz cuando le vio. Estaba allí, al otro lado de la calle, apoyado contra la fachada de su propio portal y ya completamente vestido. A esa distancia sí que le reconoció. Era el chico de la tienda con el que se cruzaba algunas noches, el dueño de aquel culo. Si antes le parecía guapo, ahora sabía qué cuerpo había bajo aquella ropa deportiva y le excitaba de una forma extrañamente salvaje. Becca prolongó naturalmente el gesto de cubrir su rostro del sol para saludarlo, como si hubiese sido un gesto estudiado y ejecutado por una bailarina experimentada, y cuando pretendía seguir su camino, vio que él empezaba a cruzar la carretera. Le esperó y tras unos segundos de silencio bastante incómodos, empezaron a hablar.

– Daniel. -dijo él, nervioso. Parecía claro que había visto todo lo que había que ver y que, dado que la había reconocido, tenía una vista más afinada que la de ella.
– Rebecca… pero me suelen llamar Becca -dijo ella. Dicho lo cual, esbozó una sonrisa que se vio rápidamente correspondida.
– Llevaba tiempo queriendo hablar contigo para invitarte a mi casa a tomar un café. Ahora ya sabes dónde vivo -y una sonrisa aún más amplia apareció en la cara de Daniel, aunque sus ojos matizaban aquel gesto llevándolo a un terreno mucho más divertido y juguetón.
– Claro, yo también querría haber charlado contigo pero cuando nos cruzamos suelo ir con prisa y estar bastante cansada. Es tarde y, ya sabes… -dijo a modo de excusa pero sin pronunciar una sola mentira con sus delicados y temblorosos labios. Era cierto que llevaba tiempo queriendo presentarse, conocerle. No tenía demasiados amigos en la zona. Ni amigos, ni ningún otro tipo de relación.
– Pues… ahora ya no tenemos excusa ninguno de lo dos. -Y volviendo la cara hacia su edificio, alzó la vista hacia la ventana y añadió -Ya sabes dónde vivo, Rebecca a la que suelen llamar Becca. ¿Te apetece un café esta tarde? Si no tienes otros planes, claro. Una chica tan guapa como tú estará en la agenda de mucha gente…

Becca no pudo evitar sonreír ante el cumplido, aunque no fuese el más original que había oído en su vida. Se ordenó mentalmente e hizo una llamada a su calma interior para no tratar de parecer muy desesperada. Tras fingir que seguía haciendo cálculos mentales durante unos segundos más, accedió.

– Bonita ropa interior, por cierto -dijo Daniel no pudiendo ya esconder su risa, comentario ante el que Becca volvió a sonrojarse para, automáticamente, poner unos pequeños morros de desaprobación que, bajo la superficie, escondían todo lo contrario.

Se despidieron e hizo todas sus compras. Volvió a casa, comió algo rápido y después se dirigió al edificio de él. Piso 7A, dedujo. Ella vivía en el 8B y el cálculo no fue demasiado complejo. El café fue bien, como también lo fueron la charla y la cena posterior, con algo de música de fondo y un poco de información personal entre muchos datos accesorios y mundanos. Daniel era repartidor de una empresa de mensajería y a causa de ello se pasaba el día subido en una moto recorriendo las calles de la ciudad. Eso explicaba el moreno de su piel y también que coincidiese con ella en la hora de regreso a casa. Competía de vez en cuando en algún circuito de motos cercano del que no había oído hablar hasta ahora, lo que también explicaba su interés por mantener el tono físico. Al contrario que Becca, se había criado en aquella misma ciudad. De hecho, sus padres aún vivían a poco más de 10 minutos de allí, algo sobre lo que Daniel se quejó pues su madre le hacía más visitas de las que a él le gustaría recibir. Ninguno de los dos tenía que madrugar pero aquella pseudo-cita no acabó demasiado tarde. Se despidieron con un beso en la mejilla que, aunque inocente, duró más de lo que suelen durar estos besos. Eran labios que preferían labios pero encontraban cada uno el rostro del otro, y durante el beso él tocó ligeramente su cintura. Tras casi cuatro mississippis, Becca se dirigió al ascensor y pulsó el botón mientras él aún sonreía desde el quicio de su puerta. De nuevo, una despedida con la mano que hizo que se sintiese tan tonta como cuando tenía 15 años. Si quería parecer una mujer fuerte, decidida e independiente, su plan había fracasado estrepitosamente. Dos fracasos en un mismo día.

De noche cerrada pero con una magnífica luna, cruzó la calle con algo de frío y volvió a su apartamento. Aún sonriendo a causa de la agradable velada, llegó al ventanal que había provocado su primer contacto y se le ocurrió hacer algo que nunca pensó que tendría el valor de llevar a cabo. Se acercó al cristal, comprobó que él andaba por su piso recogiendo las sobras de la cena y cuando él miró, y ella estaba deseando que lo hiciese, se giró dándole la espalda y se quitó lentamente el chaleco. Tras eso, desabrochó su sujetador y volvió a comprobar si Daniel seguía allí. Estaba petrificado y casi podía afirmar que aquel plato que ahora llevaba en la mano estaba a punto de caerse al suelo. Sonrió, satisfecha de su valentía y consciente de su capacidad para excitarle, y se dirigió a la cama para, ya con la luz apagada, dedicarle sus últimos gemidos del día. Aunque lo que ella quería realmente era que Daniel se los arrancase en persona. Por ahora, sin embargo, tendría que desearle en la distancia. Lo que no imaginó es que aquel gesto iba a desembocar en una relación ventanil que se prolongaría durante varias semanas.

Por las mañanas trabajaba, por la tarde estudiaba, y al llegar la noche se dedicaba a buscar cualquier excusa para pasear junto a aquel ventanal mostrándole poco a poco toda su colección de ropa interior. Como una modelo que tuviese instalada la pasarela junto a su cama y realizase allí todo su entrenamiento, Becca le dejaba ver sujetadores, braguitas, shorts y tangas. Un repertorio completo que le mostraba desde la distancia todo lo que podría disfrutar si se animase a cruzar la calle. Pero él nunca lo hacía, nunca cruzaba la calle. Y a ella le encantaba. Algunas noches quedaban para cenar y proseguían con su relación pública pero en sus encuentros nunca hablaban de aquel ventanal, ni de lo que sucedía al otro lado. Aquella doble relación parecía divertirles pues Becca continuaba luciendo su esbelto cuerpo, algunas veces con menos ropa de la debida, mientras él había trasladado casi toda su actividad casera a la ventana desde la que la veía. La relación evolucionó y tras algunas semanas más tranquilas, Becca se animó a pasear en topless. Ni tres días tardó en posar completamente desnuda, jugando con un contraluz que había estudiado durante más tiempo del que necesitaba dada su condición de artista. En su ático, aquella pelirroja afrodisíaca lucía sin pudor su casi perfecta figura mientras Daniel, en su apartamento, sólo podía atisbar lo que ella le mostraba. Luces, sombras, piel y sexo para incrementar una tensión que amenazaba ya con desbordarse. Las cenas se sucedían ya a diario, y las risas y anécdotas en la corta distancia eran sucedidas por caricias y pseudo orgasmos tras el cristal.

Y finalmente, ocurrió.

La noche era más oscura que de costumbre pero las farolas de la calle compensaban la luna en cuarto creciente y el nublado que aquel día había cubierto los cielos. Ambos jugaban de un lado a otro de la silenciosa calle cuando él apoyó la mano contra el cristal, hecho que hizo que Becca dejase de contonearse. Se miraron fijamente, aunque lo que él veía era únicamente su silueta. Entonces Daniel desapareció y las luces de su piso se apagaron. ¿Había llegado alguien inesperadamente? No eran horas para que su madre se hubiese presentado allí así que empezó a imaginar en una llamada, en una antigua amante que aún tuviese las llaves. Incluso llegó a pensar lo peor, que él se hubiese cansado de tanto juego y hubiese decidido seguir a otra cosa. Perdida en sus pensamientos apenas se dio cuenta de que Daniel había aparecido de repente en la calle. Quieto, en el portal, estaba mirando fijamente hacia la ventana de Becca esperando un gesto por su parte. Ella se quedó congelada y casi sin darse cuenta, apoyó la mano contra el ventanal de la misma forma en que él lo había hecho sólo unos minutos antes. Daniel tomó aire y cruzó la calle, y a Becca le entró el pánico. ¿Venía? Iba a venir. Había pedido permiso y ella se lo había concedido. No venía para charlar, no venía para intercambiar impresiones sobre las tiendas de la zona ni para discutir sobre cine, música o arte. Venía para lo que venía. Temblando ante lo inesperado, ante lo imprevisto, su cuerpo desnudo se dirigió hacia la puerta y se quedó allí quieta, tratando de no hiperventilar. No sería muy excitante que Daniel cruzase la puerta y la encontrase en el suelo, desmayada y en una postura poco decorosa. En un intento de prevenir algo que sabía que no controlaba, se puso el batín, y al volver junto a la puerta vio que una sombra se colaba en su piso por debajo de la puerta.

Durante algunos segundos el silencio fue tan denso que casi sentía su peso sobre los hombros, su presión en el interior de la cabeza. La sangre recorría sus venas a velocidad de curvatura y coloreaba toda la piel que rozaba. Completamente encendida, Becca se mordió el labio inferior y giró el picaporte. Se retiró un par de pasos y allí estaba él.

Repletos de nervios, se sonrieron. Y Daniel pasó bajo el dintel cerrando la puerta a su espalda.

Samuel F.
Samuel F.
Me dedico a escribir aquí y allá, y de vez en cuando también diseño cosas. Soy un cliché con patas porque a veces escribo en un Starbucks con una camisa de cuadros y un Mocca blanco en invierno o un Frapuccino en verano. Ah, y tengo barba. Si tuviese gafas, que las tuve, sería el combo definitivo. Adoro a Batman y no soy rico.

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