Becca y la chica de amarillo

La chica de amarillo

La tarde se presentaba bastante aburrida para ser un sábado tan soleado como aquel. Con la mayoría de sus amigos fuera de la ciudad por trabajo o asuntos personales, Becca jugueteaba con el mando del televisor mientras decidía si se marchaba sola al cine o si invertía un par de horas en darse un relajante baño de espuma. Tal vez con algún regalo al final, esta última semana se había portado bastante bien y se lo merecía.
Justo andaba colocando ambas opciones sobre una balanza en el interior de su mente cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla y vio que se trataba de Albert, un compañero del trabajo con el que se llevaba bastante bien pero con el que nunca había alternado lejos de la oficina. Sabiendo que ya estaban en pleno fin de semana, la llamada la sorprendió y tardó algunos segundos en decidirse a contestar, después de descartar la opción de dejarlo sonando y hacerse la despistada el lunes siguiente.

-Hola Becca, perdona que te moleste pero me ha surgido un compromiso con un familiar. Resulta que mi prima se casa y no me apetece nada ir solo a la boda, el martilleo de mi familia con que me eche novia es incesante… -decía Albert casi sin dejar que Becca interviniese.

¿Una boda? ¿Con Albert? ¿Qué hago yo en una boda? Al menos, tenía que reconocerlo, ese plan se presentaba más emocionante que el cine, aunque empataba con la ducha. La conversación siguió por un cauce bastante insistente hasta que Becca acabó por aceptar. En un par de horas se verían bajo su piso pues la boda era de noche, la ocasión perfecta para estrenar su vestido negro recién comprado.

Pasado el plazo de rigor, y con algunos minutos de retraso como dictan las normas de la buena educación, Becca cruzó el portal de su edificio con un despampanante vestido negro ceñido con algo de vuelo en los hombros, unos zapatos rojos a juego con el color de sus labios y uñas y un pequeño bolso que no debía ser capaz de albergar ni tan siquiera su teléfono móvil. Albert la esperaba apoyado en el coche y tenía exactamente la misma apariencia que en la oficina. Con traje pero algo arrugado y con un nudo en la corbata que no habría pasado el visto bueno de ninguna pareja sentimental.
El camino hasta los juzgados discurrió entre diálogos bastante clásicos que inevitablemente acababan siempre virando hacia lo laboral, por más intentos que Becca hacía para sortear los obstáculos y tratar de fingir su cita. Albert, por su parte, estaba más preocupado de parecer que estaba tranquilo que de estarlo realmente. Seguramente llamarla no había sido una decisión fácil, pues era algo tímido, y ahora se disponía a llevarla a un evento junto a parte de su familia. Todo estaba envuelto de cierto halo de ternura que le recordaba a la época en la que estudiaba, y decidió relajarse y dar una oportunidad a aquella falsa relación, aunque fuese durante unas horas. Al menos ésa era la intención hasta que estuvieron junto a los demás.

Becca y Albert se sentaron en las últimas filas al llegar de los últimos al edificio, y la ceremonia comenzó con puntualidad suiza, oficiada por un empleado del Ayuntamiento que parecía tener más interés en que todo aquello acabase que en resultar simpático y agradable. Había un pequeño susurro compartido en el ambiente con cada gesto de desdén de aquel empleado público y todos parecían comentarlo entre ellos sin que apenas se notase, y al girar la cabeza para oír una frase de Albert, Becca la vio.
Estaba tres o cuatro filas por delante de ellos y resaltaba entre la multitud. Desde donde estaban sólo podía ver una melena color negro intenso que parecía hacer todo lo posible por rizarse y que adornaba unos hombros morenos. El conjunto resultaba más llamativo aún si cabe debido al contraste que hacía con su vestido de color ambarino. De vez en cuando miraba hacia los lados, distraída, y Becca pudo apreciar su perfil marcado aunque suave, unos rasgos que seguramente causarían un gran impacto en todos los que la viesen por primera vez.

– Es mi prima Angela -dijo Albert al oído de Becca, al percatarse de que su acompañante no le quitaba ojo de encima.- Ahora te la presentaré si te apetece, así tendrás a alguien con quien charlar cuando toque separarnos un poco y hacer vida social.

Con los ojos clavados en aquellos hombros, la ceremonia transcurrió sin que Becca fuese capaz de oír ni tan siquiera una palabra del oficiante. Al concluir, y entre la algarabía que abandonaba la sala entre gritos y vítores, el vestido amarillo desapareció de su vista ante una más que evidente decepción de Becca, que tuvo que conformarse con que Albert la acompañase al coche para dirigirse al banquete.
El coche, el aparcamiento, la recepción, la comida y el inicio de las copas. Todo paso como un suspiro ante una Becca que parecía absorta y que sólo contestaba a las preguntas de forma mecánica, sin mostrar ningún tipo de iniciativa pese a que Albert reclamaba de ella que fuese algo más social, que mantuviese las apariencias.
Y entonces, entre la multitud, Angela resplandeció. Llegó acompañada de alguien un poco más mayor que ella que Becca supo un poco después que era otro primo de Albert. Ángela parecía ser complicada y no tenía mucha suerte con los hombres, producto de un fuerte carácter y ciertos rasgos de espíritu libre e indomable que le iban a traer problemas tarde o temprano. Becca se perdía entre los detalles superfluos que Albert vertía en sus oídos y sólo podía observarla de lejos, con aquel vestido que no hacía más que resaltar cada una de sus curvas y parecía llamarla cada vez con más y más fuerza.

Llegó finalmente la presentación formal. Albert las invitó a saludarse mientras sacaba pecho al comentar que Becca venía con él, y parecía exhibirla como si se tratase de una feria de ganado, algo que a la propia Becca le habría causado bastante disgusto de no ser porque hacía ya varios minutos que Albert había pasado a un completo segundo plano.
La frialdad que marcó el último saludo, entre Angela y el propio Albert, dejó a las claras que las críticas hacia el otro iban en ambas direcciones, aunque Angela no tardó en sostener con amabilidad el brazo de Becca para que la acompañase a la barra y así pedir algo con lo que empezar a matar el tedio de aquella reunión familiar indeseada. Una vez a solas se saludaron de forma más relajada y entablaron una larga conversación que pareció aislarlas de todo lo que las rodeaba. De amarillo y de negro, la charla fluía de un tema hacia otro y mientras Angela sonsacaba datos de cómo era su primo a un nivel más íntimo, Becca conseguía datos sobre aquella chica que no podía dejar de mirar. Los roces se sucedían pues Angela no dejaba de tocarle el brazo con cada comentario, y la excitación de Becca era tal que la obligaba a concentrarse para no dejar escapar algún suspiro, aunque el último toque en el brazo, poniéndole la piel de gallina, no pasó desapercibido.

Angela miró entonces fijamente a Becca a los ojos y el tiempo se detuvo. Lo que fueron tan sólo unos segundos parecieron horas. Entonces, con total naturalidad, Angela tomó el brazo de Becca y la condujo a través de la multitud allí presente. Albert las interceptó tratando de recuperar a su acompañante, que hacía mucho tiempo que había decidido que estaba allí completamente sola, pero Angela le dijo que si quería acompañarlas al baño. El comentario surtió efecto y ambas pudieron abandonar la sala, aunque Becca no sabía muy bien hacia dónde se dirigían.

– Estuve aquí mismo hace tres meses, tú sígueme con naturalidad -le dijo Angela con total aplomo, aunque había cierto temblor en su voz que hizo pensar a Becca que quizá ella no era la única excitada en aquella pareja de amigas que iban a empolvarse la nariz.

Justo antes de llegar al baño, Angela dobló una última esquina, abrió una puerta y tiró de Becca hacia dentro de lo que parecía un pequeño almacén. No habían hecho más que cruzar la puerta cuando Angela empujó a Becca contra unas cajas de vino y la besó en los labios, un beso largo, húmedo y caliente que casi pilló a las dos de improviso.

– He visto cómo me mirabas, y no he tardado más de un minuto en darme cuenta de que no estás con mi primo, ¿me equivoco? -Becca casi no sabía qué decir y sólo pudo articular una débil negativa, ante lo cual Angela retomó el beso inicial aún con más fuerza, y pronto ambas se enzarzaron en una lucha por ver quién conquistaba los labios y la lengua de la rival.

Tratando de guardar silencio, la lucha continuaba y pronto el botín ya no fueron los labios, sino la ropa interior, los pechos, el vientre y el sexo. Entre jadeos sordos, aquellas dos desconocidas exploraban sus cuerpos con tal fuerza que Becca no dudó ni por un instante de cuál era el problema que Angela tenía con los hombres. No era mal carácter ni una personalidad posesiva o infantil, simplemente era asco, y Becca pensaba aprovecharse de aquello tanto como le fuera posible. Tanto Becca como Angela pugnaban por ser la que llevase la iniciativa, y pronto sus cuerpos fueron sólo uno mientras trataban de que todo aquel jaleo que estaban organizando no llegase a oídos de nadie que pudiese pasar al otro lado de la puerta.
Becca perdía los dedos entre el pelo ondulado de Angela mientras ésta jugaba con su lengua entre las piernas, y ambas se habían entregado la una a la otra con tanta fuerza que tras aquella puerta, entre aquellas cajas, todo valía. Y todo valió. Desaparecieron de la fiesta durante al menos una hora para finalmente vestirse a regañadientes y abandonar el edificio por la puerta de atrás. La orgía de pasión y sudor continuó en el interior del taxi ante la mirada atónita de un taxista que a punto estuvo de perder el control del vehículo en varias ocasiones. La calle de Becca, su portal, el piso y la cama. Todo en flash y allí pasaron toda la noche, sin que ninguna de las dos pegase ojo y sin que a ninguna de las dos le importase lo más mínimo. Juegos, confesiones, caricias y orgasmos hasta que el sol entró por las ventanas del apartamento de Becca y las encontró a las dos enroscadas sobre las sábanas húmedas, completamente desnudas y sin vergüenza y, sobre todo, agotadas.

El domingo transcurrió entre besos y caricias, y muchas escenas de sexo hambriento y sin control. Becca ignoró todas las llamadas que Albert le hacía cada dos por tres al móvil, y Angela hizo lo mismo con las propias. La única vez que decidió echar cuenta a su teléfono fue para mandar un mensaje a la oficina diciendo que estaba en cama sudando y con mucha fiebre, y que no podría ir a trabajar al día siguiente. Y de todo aquello, sólo la parte de la fiebre fue mentira.
Becca apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa del salón, y recorrió desnuda su piso hasta llegar al borde de la cama.

-¿Ya? -dijo Angela.
-Ya.
-No, ya no, todavía no…

Y tirando de su mano volvió a hacer que cayese sobre aquellas sábanas, y sus pieles blanca y morena se fundieron en una sola, y los cabellos pelirrojos y morenos fueron prácticamente indistinguibles entre sí.

Samuel F.
Samuel F.
Me dedico a escribir aquí y allá, y de vez en cuando también diseño cosas. Soy un cliché con patas porque a veces escribo en un Starbucks con una camisa de cuadros y un Mocca blanco en invierno o un Frapuccino en verano. Ah, y tengo barba. Si tuviese gafas, que las tuve, sería el combo definitivo. Adoro a Batman y no soy rico.

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