Conferencias con amigos

Becca, la pelirroja

Por motivos de trabajo, Becca se encontraba de viaje a varias horas de avión de su casa. Una conferencia a la que debía asistir, y en la que le tocaba hablar durante un buen rato, la habían arrancado de su hogar por algunos días. No le disgustaba viajar pero siempre prefería hacerlo por puro placer, por ocio. Llenar su maleta con ropa para varios días y perderse por las callejuelas de alguna ciudad desconocida. Al menos ésas tenía oportunidad de descubrirlas, ahora lo que tocaba era observar la ciudad desde el taxi. Desde su hotel hasta el centro de convenciones y de vuelta, sin mucho tiempo para nada más. Salvo para una cena, una con un viejo amigo que vivía en una ciudad cercana y podía recortar el camino en pocas horas. Al menos, pensó, la cena sí sería un rato agradable de dispersión. Y la posibilidad de volver a ver a su amigo le excitaba.

Se trataba de un chico con el que había compartido parte de su infancia, pero nunca de forma muy cercana. Vivían cerca, se trataban casi a diario, incluso habían salido con los mismos amigos, pero nunca llegaron a ser íntimos. Para ser sinceros, se gustaban de refilón, pero la juventud y la vida les privaron de una confesión que tal vez habría servido para estrechar sus lazos. Algo que ya nunca sabrían pues formaba parte del pasado, y de un universo paralelo surgido de una confesión que nunca sucedió.

Becca llegó al hotel agotada y dedicó buena parte del tiempo antes de la cena en darse una larga ducha de agua caliente. Ya más relajada, se arregló de manera informal, con un vestido suelto que cubría su cuerpo hasta medio muslo y unas sandalias, y bolso en mano bajó al hall del hotel para pedir un taxi. Para su sorpresa, su amigo estaba allí. Había podido escaparse antes de tiempo del trabajo y pensó en pasar a recogerla. Pidiéndole disculpas de antemano por si le había molestado que no le consultase, se dieron dos besos y, tras vencer la timidez, un cálido abrazo que duró varios segundos. Sonrieron, se tomaron la primera copa en el hotel y se marcharon juntos para cenar en un restaurante cercano. El vuelo de Becca salía temprano y no tenía tiempo de perderse por la ciudad, ni de perder mucho tiempo en traslados.

La cena transcurrió entre risas y anécdotas, la complicidad entre ambos regresó en forma de antiguos novios que pasaban por aquella mesa, algunos con mejor nota, otros criticados sin piedad. La última copa de vino precedió a la cuenta y a una lento paseo hasta el hotel. El coche de él estaba aparcado cerca y no tuvo problemas en acompañarla. No quería que aquella noche acabase, que ella se fuera, pero no se atrevía a decírselo. Cuando ella se despidió con dos besos antes de cruzar las puertas de cristal pensaba lo mismo, pero tampoco afloró el aplomo suficiente para pedirle que pasase. Becca entró en el ascensor, se apoyó contra la pared apesadumbrada y pulsó el tercer botón, el que la llevaría a su planta. Cruzó el umbral de la puerta y, arrojando el bolso sobre la cama, vio cómo el móvil se deslizaba. Y casi sin pensarlo, abrió WhatsApp y mandó un mensaje.

– Si aún no te has ido, me gustaría que subieses.

Segundos después, él contestó.

– Claro.

Al poco, unos nudillos golpearon la puerta y Becca abrió nerviosa, sabiendo quién estaba al otro lado. Se quedaron mirándose y torpemente le invitó a entrar, apartándose lo justo para poder rozarle cuando pisó el suelo de la habitación dejando atrás el pasillo. De nuevo, se quedaron mirando el uno al otro mientras ella cerraba la puerta a sus espaldas.

– No quiero estar sola.

Él la miró, pensó durante unos instantes, y finalmente le contestó.

– ¿No quieres estar sola o no quieres dormir sola?
– ¿Hay alguna diferencia?
– La hay. Tal vez no hoy, pero la habrá mañana cuando te despiertes.
– Ya veremos qué ocurre mañana. Pero quédate.

Él asintió, y ella pasó junto a él dirigiéndose hacia la cama. Con él observándola atentamente, con una mirada que viraba de la sorpresa al deseo, ella levantó el vestido por encima de sus brazos mientras se lo quitaba, dejando al descubierto su espalda completamente desnuda y mostrándole que sólo llevaba puestas unas pequeñas bragas de color azul. Una vez acabó el espectáculo visual, se giró y se sentó sobre la cama, invitándole a acompañarla. Tembloroso, él se acercó a Becca desabrochando su camisa, aunque fue ella la que acabó el trabajo. Besó su vientre, le quitó el pantalón y juntos se fundieron en un único cuerpo. Esa noche follaron en todas las posturas que ambos conocían, descubriendo sus gustos. Como si fuese la primera vez que lo hacían todo. Como aquellos jóvenes que, esta vez, se habían hablado con total sinceridad.

La mañana entró por la ventana y él despertó cuando Becca estaba ya casi vestida y tenía la maleta lista junto a la puerta. Se sentó en la cama junto a él, volvió a besarle y fue entonces cuando supo que debía irse, o tal vez no lo hiciese en mucho tiempo. Él saboreó un beso a despedida y la miró a los ojos tratando de decirle que se quedase. Pero como de pequeños, como en el vestíbulo, no surgió el valor.

– ¿Volveré a verte?

Dijo él mientras ella se disponía a abandonar la habitación.

– Ojalá.

Y se marchó, dejando tras de si el recuerdo de su melena pelirroja húmeda por el sudor, y el olor de su perfume, y de su sexo. Se levantó, se duchó, se colocó la misma ropa con la que pedían la primera copa la noche anterior y, justo antes de salir, se quedó mirando a la llave de la habitación que aún estaba puesta en el contacto. La cogió, las luces se apagaron, y aún así sus ojos se quedaron fijos sobre aquella tarjeta. En ese momento decidió que no la devolvería en recepción. Sacó su cartera del bolsillo trasero, guardó la tarjeta y volvió a meter la cartera en el bolsillo. Tomó aire, templó los nervios y cruzó de nuevo la puerta, dejando tal vez para siempre aquella habitación 302. Deseando volver a visitar alguna otra en el futuro.

Samuel F.
Samuel F.
Me dedico a escribir aquí y allá, y de vez en cuando también diseño cosas. Soy un cliché con patas porque a veces escribo en un Starbucks con una camisa de cuadros y un Mocca blanco en invierno o un Frapuccino en verano. Ah, y tengo barba. Si tuviese gafas, que las tuve, sería el combo definitivo. Adoro a Batman y no soy rico.

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