La parábola perfecta

La parábola perfecta

La soledad y frialdad del dormitorio contrastaba abiertamente con la pantalla del ordenador, ofreciendo ésta acceso a un mundo tan distinto que bien podría haber sido la puerta a nuevas dimensiones. Allí, en la pantalla iluminada, dentro de las quince pulgadas con tecnología LCD que atesoraba aquel ordenador, se encontraba una chica desnuda que deslumbraba a simple vista con una pareja de senos que a duras penas entraba en plano. Fuera, y sentado justo enfrente, Marcos observaba embelesado la escena con una erección tan intensa que su pene ofrecía el asiento perfecto al portátil; dudando seriamente si seguir las sugerencias de la chica que se encontraba tras las generosas tetas.
—¿No te vas a desnudar? —Repitió ella sonriendo. Lucía, para más señas, se mostraba impaciente ante la idea de ver a su interlocutor tal y como vino al mundo. Y esta insistencia, como suele ocurrir, escamaba a Marcos—. Yo ya estoy completamente en pelotas, mira —Lucía agarró su portátil y enfocó con la cámara a su regazo; apreciándose los labios vaginales en el fondo del hueco que formaba el nacimiento de sus piernas, libres al completo de cualquier prenda—. ¿No te apetece una sesión de sexo virtual?
Claro que le apetecía: Marcos ardía en deseos de explorar ese misterioso mundo del que tanto había leído, debiendo luchar contra su intención de bajarse los pantalones, agarrase el pene y estrujarlo como si hiciese zumo de naranja directamente con las manos.
—Claro que me apetece.
—¿Pero…?
Por supuesto que existían los peros. ¿Cómo fiarse de una chica que había conocido apenas unas horas atrás? Marcos había visto multitud de vídeos en los que se burlaban de los pobres ilusos que se habían creído la historia, no teniendo demasiadas ganas de ser el hazmerreír de internet después de que le grabasen con los pantalones bajados. De hecho: ¿y si aquella chica le estaba grabando? ¿Y si, de repente, apareciese en pantalla una imagen horripilante sólo para capturar su reacción de miedo? Demasiadas incógnitas. Pero…
—Es que no me acabo de fiar —confesó—. He estado en pocas videoconferencias de Skype; y ninguna en la que tuviese que quitarme la ropa.
—Bueno, tampoco hace falta que te la quites: sólo tienes que mirarme.
La chica carecía de cualquier tipo de vergüenza, pasando a auto satisfacerse delante de la cámara sin mediar palabra; aparte de los jadeos y los gemidos, que de estos andaba sobrada. Así, dejó el ordenador en el borde de la cama, se apoyó en el extremo apuesto aposentando la espalda contra la pared, abrió las piernas mostrando al Marcos de detrás de la webcam toda su intimidad y se aplicó los dedos en el clítoris al tiempo que con la mano libre, la izquierda, manoseaba sus senos alternado el magreo con generosos lametones. Marcos asistía a la sesión masturbatoria con más excitación que recelo, acariciando el bulto en sus pantalones por debajo del ordenador mientras retenía las ganas ya casi irrefrenables de bajarse la cremallera. De hecho, decidió no reprimir sus deseos, coincidiendo con la razón en que no había nada que temer llegados a este punto. Al fin y al cabo, ¿para qué querría ponerle en ridículo si Lucía se había expuesto ya por completo?
—Menos mal —susurró la chica entre jadeos. Los dos dedos que se sumergían y emergían de la vagina agitaban su placer a máxima velocidad—. ¡Vaya pedazo de polla!
El miembro saludó a la libertad al mismo tiempo que a la cámara y a quien se masturbaba del otro lado, deteniendo el acto auto satisfactorio en un gesto de sorpresa y admiración. Marcos, dejando atrás cualquier tipo de objeción, se dedicó a sí mismo el máximo de aprecio, alternando la mirada entre su húmedo glande y Lucía, que había retomado su masaje vaginal. Marcos se estrujaba el pene frotando el glande con la palma de la mano asegurándose de que la superficie se mantenía húmeda; y Lucía alternaba distintos movimientos aplicados directamente al clítoris mientras acompasaba la respiración y las acometidas del placer introduciéndose tres de los dedos de su mano izquierda. Ambos se masturbaban siguiendo el ritmo del contrario. Los dos se miraban manteniendo el punto de mira en sus propios genitales. Lucía y Marcos alcanzaron el clímax al unísono estallando en una espiral de convulsiones, espasmos y chillidos. Con la diferencia de que el chico, incapaz de retener el líquido que su cuerpo se esforzó en expulsar, vio horrorizado cómo el semen se escapó a su libre albedrío trazando en el aire una parábola perfecta para acabar justo donde no debía terminar: en el ordenador. El corte del orgasmo fue instantáneo; igual que el corte de la comunicación: la pantalla se apagó con un chasquido que emitieron los altavoces, desapareciendo tanto Lucía como la esperanza de recuperarla.
—¡MIERDA!
Poco pudieron hacer las lamentaciones o el papel higiénico que Marcos aplicó en la zona poco después: el semen, caprichoso como el gusano que busca el mejor trayecto al corazón de la manzana, se había introducido en las tripas del ordenador arruinando cualquier circuito y mecanismo móvil; permaneciendo allí días después impidiendo el arranque del portátil, el pulsar de las teclas al haberse quedado pegadas un buen número de ellas y, en definitiva, evitando lo que más le importaba: recuperar la dirección de Lucía para así tener la oportunidad de contactar nuevamente con ella. ¿Podría repetir la sesión de sexo virtual? Sólo pensaba en eso. Y en el dinero que le costaría, vergüenza aparte, reparar su portátil salpicado de semen.

Iván Linares
Iván Linares
Escribo porque me gusta y porque me da la vida; también veo porno por lo mismo. Así que... ¿Por qué no unir ambos temas en uno solo? Aquí estoy: esperando que disfrutes con lo que sale de mi cabeza. La superior...

Comments are closed.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR