Luces, orgasmo y acción

Pintura dorada

Mañana de rodaje, las odiaba. Los videoclips eran una parte fundamental del negocio, hacían que su música llegase a mucha más gente que ya no oía la radio. Los tiempos cambian, le había dicho su representante hacía algunos años, y el presente, más que el futuro, era Youtube. Así que era lo que tocaba, rodaje. Nada de fans agolpándose a las puertas de una sala de conciertos, de un gran estadio, de la explanada de un festival nocturno. Ni siquiera tendría que cantar, algo que amaba, pues hoy todo sería playback. Simplemente técnicos, maquilladores, el director y su pléyade de ayudantes y un silencio sepulcral entre tomas. Al menos podría hablar con las bailarinas. Con los bailarines… si tenía suerte le habrían puesto algún que otro torso musculoso cerca al que aferrarse.

Bajó del coche y durante casi un minuto sólo se oían sus tacones mientras recorría el pasillo que la conducía al estudio número 11, el elegido por su discográfica para el sexto videoclip del álbum. La cara y la cruz de Youtube, buenos ingresos y videoclips cuyos rodajes antes eran inimaginables. Cuando empezó se hacían dos o tres por disco, ahora no parecían acabarse nunca. Pronto llegó a la puerta del estudio y un guardia de seguridad le dio los buenos días y abrió antes de que tuviese tiempo de pedírselo. Dentro la esperaba casi todo el equipo. No es que acostumbrase a llegar tarde, simplemente el director era demasiado meticuloso para dejar algo a la improvisación y todos estaban convocados allí dos horas antes para preparar el set. Todos menos ella.

Tras unos veinte minutos de reunión creativa en la que le explicaron qué se iba a hacer, cuál era el enfoque de todo el vídeo y se debatieron algunas ideas, llegó el momento de pasar a la sala de vestuario y maquillaje. Todos trataban de no molestarla pero el lugar no era muy espacioso y pequeño probador que habían improvisado con algunas perchas no le permitía la comodidad a la que estaba acostumbrada. No importaba, había que grabar y se grabaría, lo principal siempre era ser profesional. El videoclip tenía toques egipcios así que se desnudó completamente y se colocó unas botas de tacón alto doradas y una falda laminada en el mismo color que cubría poco más de las nalgas. Para ayudar con el conjunto le dieron un tanga del mismo color y se cubrió la parte de arriba con un pedazo de tela bastante vaporoso. No podía acabar de vestirse hasta pasar por maquillaje, tenían que “tatuar” buena parte de su pecho antes de las hombreras y el top. De improviso, sintió cómo unos dedos tocaban su espalda. Dio un respingo y separó las telas del probador pero ya no había nadie allí. Se recompuso y fue a sentarse con los maquilladores.

La silla de maquillaje quedaba parcialmente a oscuras, pese a los intentos del espejo que tenía justo enfrente de devolver hacia su espalda parte de los focos que tenía fijos en su rostro. La zona parecía tranquila, algo que agradeció pues desde el probador se podía oír a todo el equipo llenando de agua un pequeño recinto que habían habilitado en el suelo y sobre el que tendría que caminar y bailar algunos sencillos pasos. El agua estaba de moda en el electro-pop y le tocaba “caminar sobre las aguas”. Era algo que hacían las reinas de Egipto, ¿no? Se sentó sobre la silla y, siguiendo las indicaciones del operario, se recostó sobre el respaldo para cerrar los ojos y que empezase la sesión. Tras poco más de una hora tendría que salir de allí convertida en Nefertiti, Cleopatra o cualquier otra. Se fue mentalizando de que pronto tendría parte de su cuerpo cubierto de pintura dorada. Confiaba en que no hiciese demasiado calor en el estudio.

El maquillador, un chico moreno y bastante alto, retiró el pedazo de tela que cubría su pecho y mientras pintaba su cuerpo y la cubría de tatuajes que resaltasen con el dorado, ella jugó a lo que hacía siempre, a imaginar que estaba en otra parte. Aprovechaba para recordar los lugares que más le gustaban: aquel hotel en la nieve del pasado año, el albergue de la escapada de hacía un par de veranos o la alfombra de aquel castillo escocés donde había pasado una noche bastante acalorada, pese a estar bajo cero. De repente notó algo raro, no sólo sentía el roce de la pequeña brocha que cubría su cuerpo de oro sino que alguien pellizcaba con suavidad sus pezones. Salió de la ensoñación en un instante para abrir los ojos y mirar fijamente al maquillador. Él estaba en sus hombros y le devolvió la mirada con una cálida sonrisa. Sus ojos, sin embargo, parecían decir más de lo que mostraban a primera vista. Me lo habré imaginado, pensó, y volvió a sumirse en unos pensamientos de los que no tardó en regresar. Nuevamente unos dedos calientes jugaban con sus pezones. Con suavidad, sin abusar. Lo justo para que éstos diesen la bienvenida a los dedos, irguiéndose y endureciéndose. Abrió los ojos con rapidez pero el chico estaba de espaldas, recargando el pequeño bol que sostenía sobre la mano. Era guapo y bajo su camisa no demasiado ajustada se distinguía un cuerpo fuerte y bien formado. Fue en ese momento cuando decidió seguir el juego. Ya que tenía que estar allí más de una hora, qué menos que divertirse un poco.

La siguiente vez que los dedos rozaron sus pezones no dio ningún respingo, al menos no uno que pudiese notarse desde fuera. Simplemente se quedó completamente quieta aunque no pudo evitar que una pequeña mueca de sonrisa acudiese a sus labios. La situación era excitante por el propio tacto y por la posibilidad de que les pillasen, así que no tardó demasiado en estar tan húmeda que le costaría trabajo disimularlo. El masaje pasó entonces a sus pechos y tuvo curiosidad en saber cómo hacía para no dejar de cubrir su piel de dorado mientras lo hacía. La posibilidad de que hubiese otro par de manos no tardó en confirmarse, pues sintió dedos en su rodilla derecha. Fue entonces cuando arqueó la espalda de forma inconsciente y se mordió el labio para no abrir los ojos. Si los abría, el juego acabaría antes de lo previsto y no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Con la brocha en su rostro y una mano sobre su pecho, otra se abría paso entre sus muslos hasta acariciar el tanga por fuera. Aquella mano anónima, desconocida, no dudó un segundo en interponerse entre la tela y su piel, y empezar a masajearla.

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Sus ojos se movían con tal velocidad bajo sus párpados que no habría sido capaz de enfocar nada de tenerlos abiertos. Su vientre subía y bajaba a la misma velocidad que aquella mano que la masturbaba con suavidad pero con firmeza. Temió por sus uñas pues cuando llegó el orgasmo se aferró con tan fuerza a los brazos de la silla del maquillador que había sido capaz de arrancarlos. Unos segundos después, dejó de sentir la mano de su benefactor, o benefactora. Le había regalado una eyaculación bastante intensa y había desaparecido justo después. Se incorporó con rapidez pero para cuando sus ojos se adaptaron de nuevo a la luz directa de los focos, nadie estaba junto a la silla salvo el maquillador. Sonriendo, volvió a colocarle la tela y le dijo que podía incorporarse. Habían acabado.

Aún temblando, recorrió la distancia que la separaba del probador observando a todos los que se cruzaba en su camino. Buscó sonrisas cómplices, identificar al dueño o a la dueña de aquellos habilidosos y cálidos dedos, pero no podía pensar con claridad. Ya en el probador se quitó aquella tela, acabó de vestirse y cruzó la puerta que la separaba del set de rodaje. Más centrada, se colocó en el centro de la gran superficie de agua artificial que habían creado y esperó a que los demás ocupasen sus posiciones. Algo había ocurrido durante el maquillaje pues tenía trazas doradas bajo la falda, donde se suponía que no debía haber pintura, pero eso se lo guardaría para ella.

Cuando al fin estuvo rodeada por todos, no dudo en girarse disimuladamente para tratar de escudriñar cada rostro en busca de su amante oculto, fuese quien fuese. No se percató de que el director ya se había sentado en su silla y que había comenzado a dar instrucciones. Algo azorada al darse cuenta de que era la única que seguía distraída, volvió a su posición dando la espalda a los bailarines y bailarinas. Entonces sintió cómo las yemas de unos dedos acariciaban levemente sus nalgas y supo que quien quiera que fuese estaba tras ella, a sus pies. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Al menos bailar sobre el agua haría que se disimulase el río que comenzaba a recorrerle el muslo en dirección a la rodilla.

Luces, orgasmo y acción.

Samuel F.
Samuel F.
Me dedico a escribir aquí y allá, y de vez en cuando también diseño cosas. Soy un cliché con patas porque a veces escribo en un Starbucks con una camisa de cuadros y un Mocca blanco en invierno o un Frapuccino en verano. Ah, y tengo barba. Si tuviese gafas, que las tuve, sería el combo definitivo. Adoro a Batman y no soy rico.

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