Prohibido saltarse las reglas

Prohibido saltarse las reglas

Un extraño silencio recorría el pasillo del hotel. La moqueta y las paredes de madera ayudaban a atenuar cualquier ruido distinto al de sus tacones pero aquella ausencia de ruido casi pesaba. Cuando había sobrepasado la mitad del camino hacia las siguientes escaleras se detuvo y se giró. Sacó su móvil del bolsillo para comprobar si el número de aquella habitación que esperaba frente a ella coincidía con el que estaba escrito en aquel mensaje. La respuesta, mental, fue afirmativa y procedió a borrarlo para siempre de la memoria de su teléfono. Lo guardó en el bolso y cuando fue a llamar a la puerta con los nudillos se percató de que estaba ligeramente entreabierta. Empujó y cruzó el umbral dejando el exterior tras de sí.

Avanzó con lentitud adentrándose en la habitación, medio en penumbras, y sólo alcanzaba a ver que la estética exterior se correspondía con la de donde se encontraba. Paredes de madera, suelos enmoquetados y, esto era distinto, muebles de color blanco. Cuando se quitó la gabardina y soltó el bolso sobre la cama vio una nota que descansaba sobre las sábanas.

“Contra la puerta”

Temblorosa, terminó con lo que estaba haciendo y se dirigió hacia donde le ordenaban. Casi relamiéndose, apoyó las palmas de las manos contra la fría madera y casi no tuvo tiempo de tomar una nueva bocanada de aire cuando sintió unas manos en su cintura. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y muchos otros siguieron al primero cuando comenzó a jugar con sus muslos, sus caderas, al desabrochar su camisa y al comenzar a besar su espalda. Fue entonces cuando cubrió sus ojos con una venda suave cuyo color no llegó a apreciar pues en aquel momento ya había cerrado los párpados, se había entregado completamente.

Las siguientes horas se sucedieron al compás de jadeos, respiraciones entrecortadas, corazones acelerados y orgasmos. De la venda en los ojos se pasó a unas esposas, de las esposas a una pequeña fusta y a todo tipo de juegos sexuales en los que, pese a haber competición entre ambos, no parecía haber un claro ganador. Él acariciaba su cuerpo con un hambre desmedida y tocaba cada tecla que ella le había enseñado a tocar, y de la forma en que ella le había enseñado. Cada roce era respondido con un gemido, cada beso con un resoplido. Las lenguas de ambos jugaban al mismo juego pero en terrenos distintos, con reglas distintas. Los papeles se intercambiaban y los sonidos de aquel sexo invadían los pasillos de una planta en completo silencio. La idea de que medio hotel pudiera estar oyéndoles les causó risas, y sonrojos, pero no hizo que se detuvieran en ningún momento. Aquel era su tiempo e iban a aprovecharlo al máximo. Sus cuerpos se entrelazaban bajo y sobre las sábanas y no quedó una esquina de la habitación sin algo de derroche. Ni paredes, ni muebles, ni la ducha cuando todo parecía llegar a su fin. Aquella habitación tendría mucho que contar para quien fuese capaz de escucharla.

Ella acababa de vestirse y ya cerraba el cinturón que hacía desaparecer la frontera entre su estrecha falda y su entallada camisa, mientras él permanecía aún sólo con los pantalones puestos y apoyado contra la pared. La observaba. El tono de su mirada había cambiado ligeramente. La pasión comenzaba a dejar paso a otra cosa distinta, algo diferente. Cuando sus ojos se cruzaron, él sonrió con naturalidad, incluso algo juguetón, pero no pudo impedir la pregunta de ella. La misma pregunta de siempre cuando tocaba despedirse.

-No te estarás enamorando, ¿verdad? -dijo con una gran sonrisa.
-¿Yo? Anda ya, sabes cómo soy. Hoy contigo, mañana ya veremos. -sentenció, de una forma que ella no encajó demasiado bien.
-Así me gusta, las reglas son las reglas. Y está prohibido saltarse las reglas. Ponte la camisa o no me iré nunca -y justo después se rió.
-Vas a llegar tarde, y yo también. Acabaré de vestirme y me iré.

Él la acompañó hasta la puerta y se despidieron con un largo y profundo beso. Apasionado, sí, pero diferente. Como cada vez. Cuando ella cruzó de nuevo el umbral y pisó la moqueta del pasillo, la puerta se cerró tras de sí y ya no hubo más despedidas. Se volvió y apoyó la mano justo bajo el número de la habitación. Y con la mirada casi perdida, echó un vistazo al pomo suspirando. Tras la puerta, él apoyaba la frente y cerraba los ojos, tratando de rescatar un poco del olor que su pelo había dejado al principio de encontrarse.

Estaba prohibido saltarse las reglas, pero ninguna de esas reglas hablaba de no poder mentir.

Samuel F.
Samuel F.
Me dedico a escribir aquí y allá, y de vez en cuando también diseño cosas. Soy un cliché con patas porque a veces escribo en un Starbucks con una camisa de cuadros y un Mocca blanco en invierno o un Frapuccino en verano. Ah, y tengo barba. Si tuviese gafas, que las tuve, sería el combo definitivo. Adoro a Batman y no soy rico.

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