Desde Rusia con amor, pero no con porno: de bloqueos, revoluciones y mariposas nocturnas

Censura en Rusia

A veces la actualidad nos retrotrae a épocas en las que ni siquiera habíamos nacido, y en NoSóloPorn nos toca guardar un minuto de silencio cuando algún despiadado gobierno corta con el porno cual villano sin escrúpulos apaga una vela con un pellizco. Ya lo hicimos con la exótica India y sus contrariedades, y ahora, pese a ser un tema tratado, no vamos a callarnos y vamos a preguntar directamente: ¿qué te pasa, Rusia?

Resulta que a principios de este mes de septiembre nos enterábamos de que en este bello país cortaba el acceso a un total de once páginas de pornografía incluida nuestra querida PornHub, ¡PornHub! Porque según el Roskomnadzor (no, no hay link al Diccionario porque no es un palabro de BDSM, es el Servicio Federal de Supervisión de las Telecomunicaciones ruso) tanto en este sitio como en el resto hay “pornografía ilegal”.

Aquí no somos abogados, pero somos cotillas y hemos querido ver cómo un sitio de porno admitido en tantos países puede ser declarado en 2015 como ilegal. Y no, esto no es nuevo, porque ya ocurrió algo similar hace unos tres años cuando el Gobierno Ruso aprobó una ley que permitía censurar sin aviso webs de pornografía. Y no sólo eso, como ha ocurrido con la reciente prohibición se engloba a la pornografía en una prohibición dirigida (y muy comprensible) a páginas que promocionen drogas o relacionadas con el suicidio. Churrova con merinoshka.

Así que, amigos, resulta que Rusia, país que nos ha dado cosas tan sensuales y bien hechas como Sergei Kapriva, Irina Shayk e incluso playmates, como Irina Voronina, es más bien tímida a la hora de hablar de erotismo y sexualidad, a veces de manera preocupante.

Esto no es nuevo

¿Cómo vamos a hablar de una censura de este tipo en el s. XXI sin ponernos en situación? Eso es, contextualicemos y viajemos atrás en el tiempo hasta la Rusia de los zares, hacia finales del s. XIX.

Oh, qué bonito. Sí, Rusia es espectacular, Anastasia preciosa (en las películas) pero su sociedad era uno de esos caos estamentales y oligárquicos en los que unos pocos vivían bien y otros muchos fatal. Al margen de las injusticias socioeconómicas, resulta que el pueblo ruso pre-revolución era increíblemente machista y arcaico, pero no por ello el sexo y sus cositas eran ni mucho menos un tabú. Al menos en la Rusia campesina de la época, de la que se tiene constancia de cantos populares en tono sexual, relaciones preconyugales y festejos en los que era habitual algún magreo con final feliz entre tanto baile y alcohol en abundancia. La prostitución, esquivando persecuciones y sobreviviendo bajo la vista gorda a conveniencia, fue incluso legalizada en el s. XIX (entre otras cosas, sólo podían ser administrados por una mujer).

No obstante, el concepto de familia (y de “lo correcto” en general) estaba forjado por Anastasia y compañía, es decir, la burguesía. Aquí convenía mantener el status quo de familia tradicional para que los engranajes del autoritarismo funcionasen y los señores de la casa trabajasen para producir ese dinero que ellos gestionarían con sus guantes blancos impolutos, mientras la mujer fabricaba y criaba futuras piezas de aquel motor tan descompensado. ¿En qué se traduce esto? En que se fornicase cuando se quisiese, había calles enteras de burdeles para la ocasión, si era necesario. Pero, parafraseando a los Bravos y a Mediaset, los chicos con las chicas debían estar y viceversa. No había alternativa a la heterosexualidad y para ello existía incluso legislación.

Si hay Revolución, que la haya en todo

Como la represión no escapa a la 3ª Ley de Newton, tras este periodo hubo una reacción que puede que os suene (la Revolución Rusa en todas sus fases, desde 1917) en la que se consiguió romper con muchas restricciones del pasado. Las que nos interesan aquí y ahora: zaristas fuera de juego y bolcheviques on fire, se derogaron casi todas las leyes que condenaban la homosexualidad, el aborto y otras normas antiguas y restrictivas sobre el matrimonio. La “familia tradicional” y sus enlaces covalentes se disiparon para dar lugar a las relaciones más efímeras, y el divorcio se expandía como una especie de moda. Se sucedían manifestaciones de gente desnuda y se empezaba a concebir el sexo (al fin) como una necesidad vital, en la misma categoría que el hambre, la sed o el sueño.

Se sucedían manifestaciones de gente desnuda y se empezaba a concebir el sexo (al fin) como una necesidad vital, en la misma categoría que el hambre, la sed o el sueño.

Genial. ¿Y el porno? Bueno, pese a esa divertida manera de reivindicar, el entretenimiento se regía por leyes y no había nada más allá de teatros, clubs o estadios, ni rastro de cabarets. Como cuenta César Vallejo en su libro Rusia en 1931, al contrario que en otras capitales europeas como París [suspiro], en Moscú era difícil distinguir entre trabajo y placer, y con esto los espectáculos eróticos salen a perder. Otros que salieron perdiendo fueron los lupanares (los bares de lucecitas), que fueron prohibidos, aunque como había ocurrido anteriormente sobrevivieron bajo la clandestinidad.

Stalin: el sexo como herramienta

Algo que nos gusta mucho a los seres humanos es “artificializar” lo natural, y en el caso del régimen estalinista la industrialización también pasó por las familias y éstas pasaron a ser consideradas como sistemas de fabricación de hijos. La volatilidad de las relaciones alcanzada durante la Revolución de Lenin al final fue contraproducente y al finalizar ésta hubo una regresión en los derechos de la mujer (aumentando dramáticamente el número de violaciones y maltrato doméstico), ahora una máquina de procrear.

Stalin

También de blanco a negro pasaron los derechos de los homosexuales y bisexuales. Aún diferenciándolos, al menos durante la Revolución la legislación específica estaba a su favor, ya que mientras en Europa estas orientaciones se metían en el mismo saco de la sodomía, al menos para los soviéticos estas relaciones se consideraban naturales. Pero no, tampoco resistieron a la tristeza del nuevo régimen y homosexuales y bisexuales sufrieron una caza de brujas (hacia 1930) con condenas de prisión o exilio a Siberia.

Una triste etapa, sí. ¿Y el porno? Ya va. Según apuntan en RBTH, el poco contenido gráfico que podía circular (obviamente en la clandestinidad) se obtenía en los trenes de la mano de “los bielorrusos”, unos caucásicos pasajeros oportunamente sordomudos que mostraban su material tras un sutil codazo. Material de dos categorías, producto local (la mayoría) en forma de instantáneas (un germen del porno amateur en formato Polaroid) o copias de fotografías importadas.

¿El coste? Lo que una botella de vodka en la época, tres rublos por paquete de fotos(unos 7 céntimos de Euro). También había relatos ponográficos (¡Eureka!) normalmente con temática rusa (nosotros tenemos uno de un fornido ruso, por si os vale) y alguna traducción de libros extranjeros (como Vacaciones en California o uno que igual os suena, el Kamasutra). En cuanto a los espectáculos, los cabarets seguían en Montmartre y las casas de lenocinio (los bares de lucecitas) seguían siendo ilegales.

De hecho, el sexo ya no era esa necesidad natural (o ya no querían que lo fuese). Se desnaturalizó el cortejo, los matrimonios se pactaban y gran parte de la sociedad olvidó cómo amar y cómo demostrarlo. Ahora practicar el sexo servía para producir pequeños peones para alimentar la maquinaria comunista. Como apuntaba Makarenko, ideólogo del régimen, el padre “no hace apenas el amor y suele relegar incluso el amor platónico a un mañana mejor”. Malos tiempos para la lujuria, továrišč.

Libertad rima con (ausencia de) intimidad

Con la desestalinización, la perrita Laika y los hippies Rusia volvía a recuperar libertades y, al contrario que la guerra que se iniciaba hacia mediados de siglo, el ambiente en los hogares (y más concretamente entre las parejas) era muy, muy caliente. El sexo volvía a ser una necesidad y no una herramienta, pero el problema era el sitio: no había intimidad en hogares necesariamente familiares (es decir, hacinados). Esperar a la noche tampoco era para echar polvos cohetes ya que la policía podía hacer su aparición sorpresa por casa, así que parques, taxis y cementerios pasaron a ser los picaderos para quienes sentían la llamada del deseo.

Al contrario que a Rocío Jurado, a los soviéticos se les rompió el sexo de usarlo tan poco (o tan… Click Para Twittear

Pasó entonces que, al contrario que a Rocío Jurado, a los soviéticos se les rompió el sexo de usarlo tan poco (o tan mal), ya que hasta los médicos pautaban no más de un coito al día. Nos encontramos con un pueblo que ansiaba una práctica de una teoría que no había podido aprender. El “nuevo hombre” y la “nueva sociedad” del estalinismo dejaron en herencia generaciones de juventud asexuada. Y así como anotación os digo: nosotros ya mencionamos lo educativo del porno, y en aquel momento porno poco por Rusia, ahí lo dejo.

La cara B de las represiones y de esta asepsia enfermiza entorno a la sexualidad: el gran número de violaciones, por parte de maridos con alcohol por viagra, soldados u organizaciones equivalentes a burdeles homosexuales en prisiones y campos de concentración. Y con respecto a la homosexualidad, bueno, algo en lo que tampoco se diferenciaba demasiado con el resto de naciones, que seguían considerándolo como una especie de desorden o enfermedad (al menos de cara al público). Aunque por los testimonios del libro del Dr. Stern, cuyo tratado “La vida sexual en la Unión Soviética narra desde su punto de vista y sus casos (sin aportar pruebas pero dejando un trasfondo de las situaciones que se vivían al respecto), sí vemos que la deformación del concepto va mucho más allá en Rusia: el “pederasta” era el término con el que se designaba al violado y se convertía en intocable para el resto de su vida.

Los autobuses y su ausencia de espacio vital se convertían en un método efectivo al 100% para encontrar un magreo que hacía las veces del polvo que no podía echarse en casa

En paralelo a todo esto, lo que empezó a florecer fue el exhibicionismo, así como el voyeurismo asociado. Según el Dr. Stern, el anonimato proporcionaba la excitación que los hombres buscaban. Fluctuando entre lo descarado y lo oculto, señores desnudos abrían sus gabardinas para mostrar sus atributos, y contaban con sus followers en forma de curiosas jóvenes. Los autobuses y su ausencia de espacio vital se convertían en un método efectivo al 100% para encontrar un magreo que hacía las veces del polvo que no podía echarse en casa, bien porque el alcohol se había convertido en la querida de un marido impotente o por resultar una manera de usurpar a quien fuese el orgasmo que jamás habían tenido. Sin clubs, con las calles aparentemente limpias de burdeles y a décadas de internet, quizás esto fue una evolución degenerada en la tímida pornografía del país soviético.

Vaya, espeluznante a la par que triste. ¿Y el porno en sí? Pues aún a escondidas y para quien la supiese encontrar. Aunque, por suerte, la pornografía había cambiado de sentido con respecto a la sociedad y evolucionaba con la tecnología punta (tenía que decirlo) de la época, llegando al formato Super-8 en el extranjero (muchas de Alemania). Películas mudas con un entretenido argumento (más o menos como las de ahora) junto a cómics y álbumes pornográficos con contenido explícito llegaban por contrabando a la Unión Soviética durante las décadas posteriores a la era de Stalin.

La Perestroika, Interdevochka y la 2ª revolución industrial del sexo

El trabajo más antiguo del mundo se reconoció como tal en Rusia más o menos cuando yo llegaba al mundo, y eso significa que hace muy, muy poco. Con la instauración de la Perestroika llegaron tiempos de renovación y regresaron muchas libertades perdidas en épocas anteriores, como el reconocimiento de los Derechos Humanos o, como decíamos, el de la prostitución, que se había mantenido en la clandestinidad como secreto a voces siendo el segundo empleo de muchas mujeres. Cogió de hecho cierto tono reivindicativo como respuesta al totalitarismo, y las nachnie babachki (mariposas nocturnas, mote que se le dio a las prostitutas) pululaban aún ilegales pero con cierta luz verde.

A esto segundo ayudaron la literatura y el cine, que si bien no hablamos (aún) de novelas o películas pornográficas se trataba de obras centradas en la prostitución, rompiendo así con otro de los tabúes heredados. Ejemplos de ello son Interdevochka de Vladimir Kunin (que posteriormente tendría su versión cinematográfica con bastante éxito) y la canción Putana (sí, es eso) de Gazmanov.

Interesante. ¿Y la pornografía como tal? Pues el producto nacional en esta materia nació en 1988 con el estreno de La pequeña Vera (Malenkaya Vera), de Vasili Pichul, siendo el primer film ruso que contenía escenas de sexo explícito. Su actriz protagonista, Natalya Negoda, aparecería más tarde en la revista PlayBoy (portada y reportaje).

Natalya Negoda en PlayBoy

La película fue un éxito, batió récords de taquilla con casi 60 millones de espectadores, aunque si nos ponemos estrictos no era pornografía al uso. De hecho a ésta aún le quedaban baches por superar, como el de la Glasnost (un término que engloba la publicidad y todo lo impreso en general), cuya última resolución prohibía publicar contenido pornográfico. Aunque éste fue bajito para las imprentas y en 1989 empezaron a circular calendarios de mujeres en topless. El 1990 iba a empezar con muy buen pie para muchos moscovitas.

La Rusia de la doble moral: calles frías y teclados calientes

Poco duró la fiesta de los torsos desnudos cuando en 1996 la venta y producción de material pornográfico pasaron a ser contempladas en [redoble] el Código Criminal Ruso. Si decidías jugar a médicos y compartirlo te podían caer dos años de prisión. Pero hecha la ley, hecha la trampa, y dado que no se definía con claridad qué estaba penado y qué no, tanto sex shops como el resto de tiendas que pudiesen tener en stock películas o publicaciones siguieron comercializando sus productos sintetizadores de placer.

Como cuando se hace reiki para intentar curar dolencias reales, las prohibiciones no pudieron frenar el florecimiento de esta potente industria y empezaron a establecerse productoras nacionales en Moscú y San Petersburgo como SP-Company, si bien en la actualidad se produce en su mayoría para el mercado internacional. Los géneros van desde el gonzo hasta la adaptación de clásicos rusos, como El maestro y Margarita, obra original de Mikhail Bulgakov hecha película en 2002 por Armen Oganezov y Sergei Pryanishnov, o Eugene Onegin, una obra de Alexander Pushkin y llevada al cine de la mano de Tatiana Taneyeva en 2003.

En paralelo a esto, lo que creció exponencialmente en la década de los 90 fue la prostitución. Las mariposas nocturnas contemporáneas se multiplicaron ocupando cualquier edificio en el que conseguir clientes, constituyéndose verdaderas redes criminales y una jerarquía que marcaba la cartera de clientes. Cuenta además Adele Sauer en RBTH que por este fenómeno se generalizó en Europa el estereotipo de “joven rusa de largas piernas”, convirtiéndose en el reclamo para los hombres de negocios que visitaban Moscú.

Interdevochka

La situación se calmó en lo sucesivo, tanto a nivel de la prostitución (que pasó a su habitual plano más discreto y nocturno) como el de la pornografía, con la llegada de internet y la opción de que el material audiovisual de la lujuria llegase directamente al ordenador. Pero Rusia es Rusia, la Iglesia Ortodoxa es la Iglesia Ortodoxa e igual que en los colegios no se da educación sexual, para los mayores tampoco debería haber este contenido (seems legit), y de ahí los bloqueos a páginas web que os comentaba al principio del artículo. ¿Y por qué prohibir PornHub?

Pues porque la visitaban y mucho. Nos lo explican ellos mismos en una curiosa comparativa de los usuarios norteamericanos con los rusos, por aquello de las tensiones (políticas). Los rusos son más de viernes y de una media de 8 minutos (por visita). Destaca su preferencia por el producto nacional, siendo el gentilicio lo más buscado (“russian”) y con numerosas combinaciones como “russian anal” en el Top 25. Podéis ver otros datos curiosos como los picos de actividad en relación a eventos deportivos o que la actriz más buscada no está en activo, nuestra querida Sasha Grey, de la que nos habló en detalle y con especial mimo mi compañero Sam Fernández.

Mucha revolución y pocas nueces

El mundo nos quedaba grande y entonces inventamos internet, un puñado de cables fisgones y de multimedia recurrente que aún no sabemos cómo controlar y nos da miedo. Y con el miedo se matan moscas a cañonazos y perros para acabar con una rabia que en realidad ni es rabia ni es enfermedad.

Natalya Negoda

La censura ha vuelto a ser algo habitual en numerosos países, con medidas que en teoría pretenden reducir los contenidos ofensivos o ilegales pero que en la práctica callan bocas inocentes. Y en el caso que nos ocupa bloquea una fuente de ingresos a páginas con contenido legal para el mundo civilizado y una fuente de entretenimiento para un pueblo que ha tenido que reconstruir su definición de sexo, de sexo en su totalidad; desde el cruce de miradas en la cafetería hasta el polvo tras unas copas de vino pasando por las caricias colocando el pelo detrás de la oreja.

En 2015, el año en que Rusia anuncia que planea tener su propia estación espacial en órbita, su gobierno ha añadido una última barrera, una última capa, una última mamushka con la que seguir aislando a su pueblo y a su sexualidad.

Imágenes | Scanof (NSFW), Ideas de Babel, Listal

Anna Martí
Anna Martí
Dicen que no paro pero yo creo que son ellos quienes me ven deprisa. Pasé de curar vacas a curar ordenadores hasta acabar escribiendo aquí y donde se me aguante. Tecladorreica, musicómana y afín a la gente que me provoca carcajadas sonoras. No coffee, no party. Dame una cámara y moveré el culo. Pon todas las tildes y soy tuya para siempre.

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