Pero, ¿dónde carajo queda el porno?

¿Porno?

Tú, que ya eres mayorcito y sabes de qué va la vida, sabes también lo que te gusta y cómo encontrarlo, y de ahí que estés aquí (baja, modesto, que sube NoSóloPorn). Por eso, móvil en mano y no-quiero-saber-qué en la otra te vas a tu app, al navegador o a tu agenda a buscar el tipo de entretenimiento que te pide el cuerpo, ya sea el cerebro de arriba o el/los de abajo. Aquí ya te hemos hablado tanto de apps como de webs si en tu caso buscas material de doble rombo. E incluso hicimos un compendio de las aplicaciones a las que puedes recurrir si directamente buscas pasar a la acción y ser tú uno de los protagonistas.

Vengo a recordar todo este autobombo porque viene a colación de algo “de actualidad”. Algo que se aún tilda de boom cuando probablemente sea el jueguecito sexual virtual más antiguo del mundo: enviarnos fotos como nos trajeron al mundo (con el probable añadido de una mueca viciosa). A este manido intercambio de fotos y mensajes subidos de tono se le llama desde hace unos años sexting, vástago anglosajón de “sex” y “texting”, y copa los titulares esporádicamente sobre todo por sus practicantes adolescentes y los riesgos con el material que generan (no per se, sino por las malas manos en las que puede caer). Pero dejando a un lado este aspecto (que tenemos bien cubierto por una internet y media), esto del sexo telefónico, lo de buscar el aquí-te-pillo-aquí-te-mato con apps y lo de tener al alcance de la mano cualquier tipo de relación, ha hecho que en la actualidad tengamos una interesante colcha social en la que aspiraciones, deseos y tecnología ponen su pedacito de tela y que nos cubre. Y en todo este batiburrillo, ¿dónde carajo queda el porno?

Lo poco gusta, lo mucho también

Vale, así a priori no os lo he puesto muy difícil y la pregunta no llega ni a retórica si somos literales: el porno está en cualquiera de las webs habituales o ni eso, a tiro de Google. Pero cuando hay tantas maneras de satisfacer nuestro apetito libidinoso probablemente haya perdido el peso que tenía antes o incluso la reputación. Aquí los tres nos hemos puesto *moñas* recordando nuestro primer contacto con el porno y, si bien fueron situaciones (e incluso formatos) distintas, en todos los casos fueron experiencias emocionantes, confusas y furtivas. Faltos de Delorean y agujeros de gusano no podremos saber jamás si siendo adolescentes ahora nuestra experiencia hubiese sido parecida, pero lo que sí vimos en su momento es que en principio el hecho de haber crecido en esta época de empacho informativo no condiciona precisamente que este descubrimiento se haga antes.

Aunque hoy en día el porno es internet, internet no es el porno, es muchísimo más Click to Tweet

Algo que en realidad es relativamente lógico. Sí es cierto que el primer acceso a internet se ha ido produciendo antes a medida que esta tecnología se ha normalizado y las generaciones ya nacían con ella en casa, pero aunque hoy en día el porno es internet, internet no es el porno, es muchísimo más. ¿Qué curiosidad me va a quedar para la pornografía si descubro, me sorprendo y me divierto con lo que me llega por SnapChat? No digo ni mucho menos que la pornografía y los primeros juegos sexuales sean sinónimos, dónde va a parar, pero lo que ambos representan para la mente pura, casta y virgen del proyecto de persona que desconoce lo de ver cómo otros juegan a médicos (sin bata) sí que viene a estar en la misma tesitura. El sexo telefónico no matará a la pornografía, ni impedirá que las generaciones más nuevas y venideras tengan ese primer contacto con ella, pero puede que sí haya cierta merma cronológica por una menor dosis de curiosidad e incluso necesidad. Si estamos aburridos y nos ofrecen jugar a curling, probablemente tardaremos algo más en conocer el fútbol al estar ya con otra cosa, por muy extendido que esté el segundo y por muy distinta que sea la experiencia final.

De la falacia a la felación sólo hay un paso

Nadie te quita el derecho a ponerte en plan profeta del fin del mundo con las manos en la cabeza ante tal cóctel de contenido sexual. De hecho, siempre tendremos ese tanto por cien en la sociedad cuya función vital se base en decir que «estamos perdidos ante esta plaga de depravación y desenfreno» como respuesta a todo. Pero, además de que no serviría de nada y ser ya tarde, lo que sí vendría bien es ponernos el sombrerito de estadista y sexólogo y ver cómo y cuándo se descubre ahora el sexo (teórico y práctico) y qué lugar ocupa la pornografía en nuestra educación sexual (esto no lo digo como algo literal, ya lo matizamos en otra ocasión). Y quien es protagonista para bien y para mal aquí me temo que es el móvil.

Hemos ido quitando carteles, poniendo horarios y moderando publicaciones impresas mientras en la palma de nuestra mano se iba materializando el acceso sin límites a un contenido sexual totalmente explícito y gratuito

A veces, sobre todo cuando me encuentro con alguna de esas efímeras moralinas que de vez en cuando salta a los titulares, echo la vista atrás, más atrás de mi propia existencia incluso, y me río. Me resulta graciosa esa ironía moral que se ha ido estableciendo silenciosamente desde que hubiese cierto boom del erotismo más o menos a nivel mundial (lo que aquí se conoce como El destape). Resulta que hemos ido quitando carteles, poniendo horarios y moderando publicaciones impresas mientras en la palma de nuestra mano se iba materializando el acceso sin límites a un contenido sexual totalmente explícito y gratuito. Que, ojo, era de imaginar que cuando nunca hemos sabido medir nuestra reacción ante una novedad aquella amenaza proveniente de una plaga de senos, penes y lenguas turbase nuestra existencia y conllevase a la larga un sacrificio del perro para acabar con la rabia. Pero es curioso que mientras pasamos la televisión por el tamiz de contenido y pixelamos pezones no acatemos el géiser de material sexual que representa un smartphone para hacer una mejor y más realista clasificación. 

Ese material “para adultos” ya hace tiempo que entra por otra puerta a nuestras vidas, y en algunos casos de fantasía precisamente tiene poco

¿Es que va a ser ahora porno todo? Qué va, ni mucho menos. El porno sigue siendo porno, sigue siendo ese universo paralelo donde todo ser viviente encuentra una representación más o menos fiel a sus fantasías carnales (y descubre otras). Pero ese material “para adultos” (je-je) ya hace tiempo que entra por otra puerta a nuestras vidas, y en algunos casos de fantasía precisamente tiene poco. Igual es momento de dejar de pensar que “contenido sexual explícito” per se y pornografía o erotismo son sinónimos estrictamente omitiendo que entre el blanco y el negro hay un amplio gris, que siendo igual o más explícito no tenemos en cuenta. Los nuevos tipos de material sexual y de su consumo están ahí y para todos, porque lo del sexting como actividad de adolescentes empieza a oler cuando existe toda una bolsa de kikis por zona a tiro de app y no son éstos los que más recurren a ellas.

En relación a esto, a lo de los adolescentes, hace poco leía sobre todo esto del sexo telefónico desde su perspectiva. Como os comentaba antes, artículos sobre esto hay para parar un tren sobre todo con eso de que sea en cierto modo una amenaza, porque ya sabéis lo jugoso que es el alarmismo a la hora de poner un titular y cazar unos cuantos clicks. Pero como os aprecio os voy a ahorrar la búsqueda y el regalar clicks a quien no se lo ha ganado y os resumo más o menos las ideas en claro que saqué con un par de enlaces que me gustaron:

  • El sexting tiene una utilidad de entretenimiento y en esencia surge con intención de echarse unas risas.
  • Las risas se acaban por no ir con el suficiente cuidado en cuanto a la legislación y que haya denuncias de por medio.
  • No es tanto qué se emite, sino qué se recibe: que tus envíos sean más o menos en broma y en cierto modo “inocentes” no implica que los que recibas lo sean.
  • La satisfacción del like: si provoco y tengo feedback, es que soy provocativa, me siento sexy y eso me reconforta (más o menos).

¿Sabéis cómo sintetiza esto mi neurona? En una palabra: educación. Pero, eh, no os pongáis en el rol de profesores por tener cierta edad (física), que aquí somos alumnos todos. Sobre todo cuando hay una evidente antigüedad a nivel legislativo para lo que es el contenido digital en general, ya sea su acceso, distribución o legalidad propia. Hay que ser conscientes de que WhatsApp puede ser muy fácilmente un primer acceso al material sexual real, sin necesidad del manido link de “haz click aquí y ten acceso a los vídeos más calientes gratis”. Hemos de recordar la curiosidad que tenemos ya caducada para empatizar con esos seres que la tienen nuevecita y por estrenar, cuya inocencia está casi al mismo nivel que sus hormonas para al mismo tiempo que procuramos que sus tonteos con este mundo sucedan sin que sean una molestia o acaben en comisaría sin saber siquiera por qué, nosotros también aprendamos. Que no sólo de porno vive el curioso y que si las cosas existen es porque demanda hay.

A efectos prácticos el que seamos alumnos o no no depende del año que ponga en el DNI, sino de lo conscientes que seamos de esto y de cómo lo gestionamos

No ha cambiado el fin, no ha cambiado el fondo ni ha cambiado los protagonistas. Han cambiado las formas, han cambiado las “x” y los rombos, que ahora van implícitos y en caballo de Troya. Podemos seguir con la censura lucha activa contra lo tradicionalmente pornográfico y curarnos en salud y de cara a nuestros círculos sociales, pero la realidad es que la categorización del contenido sexual explícito es cada vez más difusa y que a efectos prácticos el que seamos alumnos o no no depende del año que ponga en el DNI, sino de lo conscientes que seamos de esto y de cómo lo gestionamos cuando nos toca el rol de educadores (cosa que no es exclusiva de padres y profesores ni mucho menos). Los vetos absolutos carecen de utilidad y sentido e incluso son contraproducentes, y aún tiene menos lógica aplicarlos de manera exacerbada a parte del contenido por defecto, por ser pornografía per se, cuando además al mismo tiempo se hece oídos sordos y vista gorda al sexo real, como los tres monos sabios (comúnmente conocidos como los monitos del Emoji). Si hay sed y cortas el grifo, se buscará cualquier otra charca para beber como si no hubiese un mañana.

Una paradoja que se aplica a la conversación, a la tertulia, cuando a veces nos avergüenza hablar sobre sexualidad, erotismo o pornografía pero nos inflamos a pasar “cochinadas” por mensajería o redes sociales. Doble moral y doble tontería, y sobre todo omisión de la realidad y escurrimiento de bulto.

Podemos seguir siendo perezosos (o miedosos) ante esto. Podemos seguir como los monitos del Emoji y si te he visto no me acuerdo. Pero el quid está en que si te desvisto no me olvido.

Anna Martí
Anna Martí
Dicen que no paro pero yo creo que son ellos quienes me ven deprisa. Pasé de curar vacas a curar ordenadores hasta acabar escribiendo aquí y donde se me aguante. Tecladorreica, musicómana y afín a la gente que me provoca carcajadas sonoras. No coffee, no party. Dame una cámara y moveré el culo. Pon todas las tildes y soy tuya para siempre.

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